jueves, 11 de junio de 2015

El cuento más apasionante y maravilloso que viviremos jamás (Guille)

- Papá, cuéntame el cuento mágico.

Cada noche, Julio le pedía a su padre que le contara el mismo cuento para dormir. Julio, así se llamaba también el padre, estaba harto de contar siempre el mismo cuento. Ya no era mágico para él. Le aburría hasta decir basta.

- ¿Por qué no contamos uno nuevo?
- ¡No, Papá! ¡ El cuento mágico!

Y así, aquella noche, Julio padre empezó a contar el mismo cuento de siempre, pero antes de terminar el "Érase una vez", Julio padre se quedó profundamente dormido.

- ¡Papá, el cuento! - suplicó Julio hijo.

Pero era inútil. Julio padre tenía un sueño profundo y sobrenatural, y empezó a roncar con una violencia sobrecogedora. Julio hijo no lo podía creer. Quería su cuento para dormir, de manera que cogió el cuento mágico y lo abrió por la primera página. En realidad, él ya sabía leer, pero que tu padre te cuente una historia por la noche te hace sentir especial, y eso Julio hijo lo sabía perfectamente bien.

Julio hijo quiso empezar a leer, pero su padre soltó otro ronquido, tan gigantesco que cambió de sitio las letras del cuento. Julio hijo creyó que estaba soñando. Se pellizcó para despertarse, pero no pudo, porque no estaba dormido. Entonces pellizcó a su padre, pero no se despertó, y volvió a soltar un ronquido, y las letras del cuento volvieron a desordenarse, y a formar otras palabras, y empezaron a contar un cuento nuevo y fascinante. Julio hijo empezó a leerlo con avidez, pero entonces su padre empezó a despertarse. Julio hijo tenía miedo de que las letras del cuento volvieran a su sitio, y cerró los ojos para no mirar. Entonces, Julio padre, creyendo que su hijo estaba dormido, le besó en la frente, dejó el cuento sobre la mesa de noche y se retiró a su habitación.

El día siguiente se hizo eterno para Julio hijo. No podía esperar más la llegada de la noche. Aún no había oscurecido, cuando Julio hijo ya estaba bañado, cenado y acostado, y suplicaba:
- ¡¡Papá, el cuento mágico!!

Julio padre no advirtió que las letras habían cambiado de lugar, porque antes de terminar "Érase una vez", volvía a estar profundamente dormido, y a roncar como si juntáramos a todos los leones de la sabana, y las letras empezaron a moverse y a continuar reescribiendo aquella historia apasionante, que Julio hijo devoraba impaciente.

Y así ocurrió durante 6 noches más, hasta que los ronquidos movieron la última palabra, que cerraba aquel cuento fantástico.

A la noche siguiente, Julio padre empezó a bostezar antes de preguntar:
- ¿Te leo el cuento mágico, Julio?
- No, papá. Hoy te lo leeré yo a ti.

A Julio padre le pareció una novedad interesante y guardó los bostezos en el bolsillo del pijama.
Julio hijo abrió el mismo cuento de siempre, y empezó a leer. Julio padre pronto se dio cuenta de que se trataba de algo totalmente diferente. Extrañado, le pidió el libro a su hijo para comprobar si le estaba gastando una broma. Pero no era así. Efectivamente, las palabras habían cambiado de sitio, y su hijo leía la historia de otro niño, que también se llamaba Julio, que un día creció y tuvo un hijo maravilloso, al que también llamó Julio.

"Y así, una noche, Julio padre supo que aquel cuento que leía su hijo, era la historia de su vida", terminó de leer Julio hijo.
Julio padre cogió el libro, tembloroso y emocionado. Repasó las páginas con cuidado, como la madre que acaricia a su bebé recién nacido. Sorprendido, comprobó que había innumerables capítulos en blanco al final del libro. Cada vez que pasaba una página en blanco, aparecía una nueva. Y a medida que hablaba, todo cuanto decía quedaba escrito en aquellas páginas.

- ¿Qué está pasando, Papá? - preguntó Julio hijo. - ¿Qué cuento se está escribiendo en estas páginas mágicas?

El padre cerró el libro, apagó la luz, besó la frente de su hijo y contestó:
- El cuento más apasionante y maravilloso que viviremos jamás.


Guille

martes, 2 de junio de 2015

El país de las cosas imposibles (Guille)

A todos aquellos niños y niñas especialmente sensibles, (es decir, todos), y que acusan especialmente los comentarios de sus amigos del cole.

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- Papá, es que Fulanita me ha dicho esto, y me ha molestado mucho.
- No le hagas caso, Micaela, quizá tenía un mal día...No has de permitir que estas cosas te hagan daño.
- ¿Cómo no lo voy a permitir? ¡Eso es IMPOSIBLE!

Aquella misma noche hicieron la maleta.
- ¡Nos vamos de viaje, Micaela!
- ¿A dónde vamos?
- Al país de las cosas imposibles.

Se llevaron una maleta vacía, una sonrisa que no cabía en el avión y unos cuantos nervios desordenados en un bolsillo: nunca habían estado en el país de las cosas imposibles.

Nada más bajar del avión, encontraron un cartel gigante, más grande de lo que posiblemente pueda imaginar ninguno de vosotros. Decía:
"EN ESTE PAÍS ESTÁ TOTALMENTE PROHIBIDO HACER LAS COSAS POSIBLES. SOLO ESTÁ PERMITIDO HACER COSAS IMPOSIBLES".

El cartel era tan grande que tardaron muchos parpadeos en leerlo. Cuando terminaron, cogieron la maleta para buscar un taxi, pero apareció un agente de seguridad, imposiblemente agradable, vestido con ropa de chocolate y una simpática nariz de payaso que cambiaba de color cada vez que abría la boca.
- Disculpen, no está permitido arrastrar la maleta. Permítanme - se disculpó, mientras levantaba la maleta a un metro del suelo.  - La maleta les llevará a ustedes.

La familia entera se subió en la maleta, y empezaron a volar rumbo al Hotel Miramar. Todos esperaban unas fantásticas vistas del mar desde alguna planta elevada, pero su habitación tenía algo todavía mejor: verían el mar, ¡pero desde dentro! El hotel estaba imposiblemente construido en unas algas gigantes. Las habitaciones acristaladas tenían todo el océano por delante, en el que peces invisibles ofrecían espectáculos divertidísimos, que solo podías ver con aquellas gafas de coral de frutas, que podías comer cuando querías. Las algas gigantes oscilaban cada vez que los caballitos de mar gigantes correteaban por el lugar. Entonces, las habitaciones del hotel se volvían locas y se intercambiaban entre sí, y descubrías algo totalmente nuevo e imposible al otro lado de la ventana.

- Oye, pero no hemos venido a quedarnos en el hotel, ¿verdad?

De manera que toda la familia salió de paseo. Vieron museos invertidos, donde el turista que se quedaba quieto se convertía en protagonista. Entonces todos le hacían fotos, le pedían autógrafos y le preguntaban asombrados de dónde venía y si allí existían las cosas imposibles.

Conocieron el único restaurante del país, donde no había que hacer cola, porque los platos se llenaban de comida con solo imaginarla.

Visitaron parques donde solo se podía caminar a la pata coja, y todos chocaban y se caían y se partían de la risa, y el que aguantaba mucho rato se convertía en flamenco y podía volar al parque de al lado, donde los columpios estaban encadenados a las nubes, y eso sí que era columpiarse muy pero que muy alto.

También vieron monumentos adhesivos, en los que cada uno pegaba una cosa que se le pasaba por la cabeza, y el monumento crecía eternamente; y jugaron al deporte nacional, que consistía en que nadie perdiera nunca, y vivieron un día absolutamente imposible y maravilloso.

Pasaron la noche en el Hotel Miraluna, porque cuando oscurecía, la Luna iluminaba las aguas del mar y las olas convertían las luces en pequeños satélites revoltosos, que de vez en cuando chocaban con la ventana, y entonces dejaban un sueño pegado al cristal, que te podías llevar al día siguiente para soñarlo cuando quisieras.

Al día siguiente volvieron a casa, con la maleta vacía pero llena de cosas invisibles.

Cuando Micaela explicó sus aventuras en el cole, todos le dijeron:
- Venga ya, Micaela, ESO ES IMPOSIBLE.

Pero a Micaela aquel comentario no le importó nada en absoluto, y empezaron a jugar todos juntos hasta que se terminara la hora del patio.

Guille