Te Le es chino. Tiene 30 años y todo lo que ha hecho en su vida es ver la televisión.
Ve todos los canales, todos los programas, todos los días de su vida. Te Le sabe de memoria todo lo que ha oído en la televisión, y cree que sabe todo sobre el mundo, sobre las personas, los animales, los planetas, los niños. Te Le cree que lo sabe todo sobre todo.
Un día su casa se queda sin luz, y Te Le no puede ver la televisión. Mientras espera impaciente a que se solucione el problema, Te Le baja a la calle y se sienta ante la primera televisión que ve. Está en la terraza de un bar, y desde allí puede tomar algo rápido mientras sigue viendo la televisión.
A su lado, una niña de cuatro años merienda junto a su madre. Te Le no puede evitar escuchar la conversación:
- Mamá, ¿cuántos años tienes?
- Tengo 38 años, hija.
La niña queda entonces pensativa, y por un momento Te Le disfruta de su silencio mientras ve el televisor. Entonces, la niña vuelve a preguntar:
- Mamá, ¿cuántos años NO tienes?
De repente, Te Le deja de ver la televisión. Está mirando el aparato, pero no puede verlo. La mente se le queda en blanco. Nunca había escuchado una pregunta parecida. Se concentra y trata de buscar una respuesta. Piensa en todos los programas de televisión que ha visto, todas las cosas que conoce, pero no consigue una respuesta. "¿Cuántos años NO tengo?", se pregunta. El corazón se le acelera y Te Le empieza a sudar. ¿Será posible que no sepa la respuesta a una pregunta de una niña de cuatro años?
Te Le no puede seguir sentado allí, escuchando la conversación de aquella niña. Vuelve a casa y comprueba aliviado que la luz funciona, y busca desesperadamente en todos los canales de televisión una respuesta a aquella pregunta. No la encuentra de ninguna manera. Te Le está triste, de repente se da cuenta de que no lo sabe todo sobre todas las cosas, y decide salir de casa en busca de la respuesta a aquella pregunta inocente.
Te Le empieza a caminar por las calles de su ciudad, preguntando a la gente cuántos años no tienen. Nadie sabe responder, así que sale de la ciudad y llega al campo. Pregunta a los campesinos cuántos años no tienen, pero no lo saben. Los agricultores tampoco pueden responder. Te Le llega al mar, pregunta a todos los marineros y pescadores. Como no saben la respuesta, decide viajar con ellos y cruzar el océano para seguir buscando al otro lado del mundo.
Así, buscando desesperadamente la respuesta, Te Le da la vuelta a la Tierra. Visita el corazón de África y salta con los masais con una lanza y un león; en el último rincón de Nueva Zelanda baila el Haka con los hombres más fuertes del mundo; en los bosques de Canadá descubre la camioneta abandonada de un chico que dejó todo lo que tenía para vivir allí siempre; al cruzar el temible Cabo de Hornos le ponen un aro en una oreja; come helados de sandía en Italia, mejillones con patatas en Brujas, le pican los mosquitos en la selva mejicana, busca la respuesta desde lo alto de los rascacielos de Nueva York o subido a un elefante en la India.
Pero nadie sabe responder la pregunta, y Te Le vuelve a casa tremendamente agotado. Nada más sentarse en el sofá, enciende la televisión, porque es lo que siempre ha hecho durante sus 30 años de vida. Te Le cambia todos los canales, pasa de una a otro rápidamente, y se da cuenta de que no le apetece ver ninguno. Nunca le había ocurrido eso. Te Le ya no quiere ver la tele. Piensa que preferiría volver a caminar por las calles congeladas de Moscú o a preguntar a los delfines de Zanzíbar. Harto de la televisión, Te Le coge la tele y decide dejarla en plena calle. "Alguien se la llevará, yo no quiero verla nunca más", piensa.
Caminando de vuelta a casa, encuentra a aquella niña de cuatro años sentada en aquella terraza, junta a su madre. Te Le se sienta a su lado.
- ¡¡Yo sé cuántos años No tengo!!! - le dice Te le a la niña.
- ¿Cómo te llamas? - pregunta alegremente la niña.
- Me llamo Te Le.
- ¿ Y cuántos años No tienes, Te Le?
- Tengo 30 años, pero NO tengo 30 años, porque he perdido mis 30 años viendo la tele, de manera que esos son los años que no tengo.
- Muy bien, Te Le - la niña le dibuja un corazón en una servilleta de papel, como premio improvisado e irrechazable. Y continúa: - ¿Y cómo NO te llamas?
Pero esta vez, Te Le sabe perfectamente la respuesta. Ha estado en todos los países del mundo, y ha conocido a personas maravillosas con nombres divertidísimos.
- Pues verás - empieza Te Le - no me llamo Ariel, que es un artista de Buenos Aires que puede hacerte reír o llorar solo con un dibujo; ni me llamo Anka, que es un chico australiano que surfea entre tiburones; ni me llamo Mattia, que es un italiano que puede bajar cualquier montaña del mundo esquiando de espaldas...
Te Le y aquella niña se hacen grandes amigos. Al día siguiente se reúnen en la terraza, y Te Le sigue contando sus aventuras, y viene una amiga de la niña a escuchar, y luego una prima, después toda la clase, y finalmente el barrio entero está escuchando las aventuras de Te Le, que ahora mismo está en un escenario de un teatro en otra ciudad lejana, explicando historias casi imposibles de creer, animando a los niños de todo el mundo a formular preguntas imposibles que quizá, en algún rincón lejano del planeta, podrá responder algún día.
Guille