viernes, 19 de febrero de 2016

Las escaleras

No esperaba encontrar una escaleras allí mismo, pero no tenía nada más que hacer, así que empezó por el primer escalón, luego el segundo y, sin saber muy bien por qué, estaba subiendo aquellas extrañas escaleras. Tenía cinco años.

Al poco rato levantó la mirada. Las escaleras subían y subían, y no veía el final. Miró hacia atrás, y tampoco veía el suelo. Solo escalones, desnudos uno detrás de otro. Entonces empezó a sentirse hambriento. "¿Bajo para volver a casa, o sigo subiendo?". Decidió subir, y pronto le sorprendió el olor del bizcocho recién hecho. Un poco más arriba, encontró un pequeño rellano, una mesa, un pastel de fresas y nata y una taza de chocolate. Lo devoró en silencio y siguió subiendo escalones.

No llevaba reloj, y no sabía cuánto rato llevaba en aquel lugar, y empezó a sentirse cansado y solo. "Ojalá estuviera en casa". Pensó que estaba agotado para rehacer el camino de vuelta, de manera que siguió subiendo y, en un pequeño rellano, encontró una cama perfectamente hecha, y se tumbó a descansar.

Le despertaron los ruidos de arriba. Risas, carreras de pies descalzos, juegos, música, baile. Con fuerzas renovadas subió los escalones de dos en dos, luego de tres en tres. Unos niños mayores se divertían con todo tipo de juegos. En seguida se sumó a la fiesta y lo pasó en grande. Jugando al escondite lo vio. Torcido en una pared colgaba un viejo espejo. Miró. Tenía 8 años.

Extrañado, quiso huir, y siguió subiendo escalones. El sonido de las risas y juegos se volvió un eco lejano hasta que desapareció. Durante un rato solo escuchó el sonido de sus pasos, escalón tras escalón, hasta que tropezó con el sonido de una conversación ingenua y animada. Sonaba más arriba. Cuando llegó allí, encontró unos chicos mayores, sentados unos sobre otros, estirados en aquellas escaleras. Hablaron de chicas, mientras contemplaban sin prisas un gran reloj de pared, que no marcaba ninguna hora. Se acercó a mirar y vio su reflejo en el cristal. Tenía catorce años.

"Ya casi soy mayor", y siguió subiendo escaleras. Encontró rellanos con libros de todo tipo, matemática avanzada, estadística, leyes, psicología y biología. Leyó algunos e hizo algunos números. Tenía 20 años. Más arriba, le esperaba una chica con la piel transparente y los ojos verdes y grandes. Era su novia, y le acompañó en el camino. Unos pisos más arriba se casaron, y tras varios escalones escucharon las risas de un bebé. Pensaron el nombre mientras subían cogidos de la mano.

Subieron y subieron, y encontraron un rellano oscuro. Las escaleras continuaban y prometían más aventuras. Cogieron a su hija en brazos. Se miraron. Tenían 35 años. Al otro lado de la cortina había nubes, una encima de otra, en mitad de una noche plácida y silenciosa. "Estaremos bien". Y saltaron.

Bajaban a toda velocidad, abrazados y sonrientes. Su hija se soltó entre risas, y se convirtió en una estrella. Su mujer le besó dulcemente antes de deshacer su abrazo, y se convirtió en una estrella. Él bajaba estirado, mirando hacia arriba, alejándose de aquellas estrellas colgadas de la noche.

Cayó suavemente sobre el agua. Buceó y buscó despreocupadamente algo para jugar. Cuando se cansó se sentó en la orilla. Vio su reflejo. Tenía cinco años. Apenas unos pasos más allá empezaban aquellas escaleras, pero estaba agotado de tantas aventuras. "Ya está bien por hoy", pensó camino de casa. Era el momento de dormir y coger fuerzas para el día siguiente.
"Mañana las subiré".