- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, como si sirviera para contener el dolor, o para que se vaya, o quizá piensa que cuando abra los ojos el dolor habrá desaparecido, como cualquiera de aquellas pesadillas que le atosigan todas las noches y casi todos los días.
El problema es que el pequeño Petate ha cerrado los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio. El coco ha crecido un poco. Se le cae una lagrimilla por el otro ojo, que no duele tanto, pero Petute es buen niño y sus ojos se quieren mucho. Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué. Todos los ojos ya lloran por igual. El coco se va haciendo mayor.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!
Cuando llega a la cocina, el coco parece un rascacielos y Petute ya no sabe si grita porque llora, si llora porque duele o si duele porque grita.
- ¿Qué pasa? - pregunta su madre. ¿Qué haces con una pelota de tenis en la cabeza?
- No es una pelota, Mamá, es un coco gigante.
Por todos los Santos, piensa Mamá, ¿cómo se habrá hecho semejante coco? Petute intenta explicar, uno por uno, todos los golpetazos con los que ha estrenado esta mañana cualquiera, pero tiene una cosa enorme en la cabeza, y no le deja pensar en nada más. ¿Será el coco? No. Bueno, sí. La cuestión es:
- Mamá, ¿qué hay dentro de los cocos?
La pregunta le inquieta. De repente tiene una sandía incrustada sobre la ceja izquierda, y Petute quiere saber qué hay allí dentro.
- ¿Es una sandía? ¿Es solo aire? ¿Es un gremlin?
Mamá le explica que dentro de los cocos están todas las cosas que duelen. Como ir a la piscina cuando te da miedo nadar, o que te digan que no quieren jugar contigo. Si aprendes a vivir con todas esas cosas en tu cabeza, sin que te duelan, el coco desaparece.
Ese jueves, Petute va a la piscina sin miedo, como un campeón, y el coco baja unos cuantos escalones. Y cuando los maleducados de su clase le dicen que no quieren jugar con él, Petute hace otros amigos y tan pancho, y el coco ya no baja escalones, sino pisos enteros. Esa noche, Petute duerme del tirón. No sabe qué ha soñado, pero está seguro de que eran cosas buenas.
- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio. Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!
Petute llega a la cocina sin llorar, y su madre se pone la bata blanca imaginaria de querer mucho.
- A ver, Petute, déjame ver cómo está este coco.
Pero no había ni rascacielos, ni sandías, ni siquiera una piedrecita en el camino.
- ¿Ves, Petute? Los cocos solo existen en tu cabeza... ¡Pero por dentro, no por fuera!
Petute abraza su madre, y nota un chichón en su cabeza.
- ¿Qué te ha pasado, Mamá?
- Esta noche he soñado que te hacías mayor y te marchabas.
- Qué tontería, Mamá. Yo ya soy mayor, y estoy aquí contigo.
Guille
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