viernes, 11 de septiembre de 2015

Las gafas mágicas

Siempre fueron mágicas. Nadie sabe quién las inventó, ni cuándo, ni cómo llegaron hasta este cuento. Pero eran mágicas de verdad, de verdad de la buena. Quien se ponía las gafas podía pedir un deseo, y solo uno. Durante generaciones, las gafas mágicas concedían todo tipo de deseos: ser invisible, volar, ser cantante o bailarín. ¿Tú qué pedirías? Puedes pedir lo que quieras, pero solo una cosa. Cuando te las pones, las gafas brillan como solo ellas pueden hacerlo. Un brillo seco, que cambia de color y que se escucha algunas tardes de viento, de manera que era relativamente fácil localizarlas.

Las gafas mágicas eran el objeto más valioso de todos los tiempos. Los peores malvados de cada rincón del planeta trataron de hacerse con ellas para convertir en realidad sus oscuras tentaciones. También las mejores personas, para hacer del mundo un lugar mejor.

Un día, el malvado Ego se hizo con ellas. Solo se preocupaba de sí mismo, se puso las gafas y pidió que nadie le encontrara nunca. Las gafas dejaron de brillar, y todos los vientos del mundo se apagaron de repente y se quedaron dormidos en las sombras del primer árbol que encontraron por el camino. Ego estaba feliz, seguro de que las gafas serían suyas para siempre. Pero pronto se dio cuenta de su error: solo se podía pedir un deseo, y lo gastó para que nadie lo encontrara nunca. ¡Eso no sirve de nada! No podía ser invisible, ni volar, ni ser cantante ni bailarín. ¡Las gafas ya no le servían! Entonces tuvo media idea: partiría las gafas mágicas en dos mitades, y tendría dos monóculos mágicos. Genial, así podría pedir otro deseo.

Ego partió cuidadosamente las gafas en dos mitades exactas. Pidió un nuevo deseo, que no se cumplió. Ni el siguiente, ni los trescientoquince posteriores. Ahora tenía unas gafas rotas, que no cumplían sus deseos ni cumplirían los de nadie más. Se acercó al pueblo más cercano y las vendió a un mercader, que cruzó el mundo buscando a alguien que devolviera la magia a aquellas gafas rotas. No lo consiguieron ni mecánicos, ni oculistas, ni magos. Ni siquiera los mentirosos pudieron decir que aquellas gafas eran mágicas otra vez, y terminaron en un contendedor en el último rincón del planeta.

Y precisamente allí, en el último rincón del planeta, sola y olvidada, vivía Iris, una niña huérfana y ciega de nacimiento. Como no tuvo la fortuna de contar con el sentido de la vista, Iris desarrolló el resto de los sentidos, especialmente el sentido del tacto. Allí, donde nadie quiso ir nunca, Iris encontró las gafas rotas y, como no tenía nadie ni nada para jugar, se entretuvo con aquél extraño objeto. Y entonces sucedió. Cuando Iris, descuidadamente, se puso las gafas, sus ojos empezaron a ver. No hizo falta que formulara el deseo, porque jamás había deseado otra cosa. Las gafas habían recuperado su magia y brillaban como nunca lo habían hecho antes. Los vientos despertaron, y llegaron a oídos de buscadores de tesoros y comerciantes, mientras Iris descubría, con una fascinación inexplicable, todo aquello que forma parte de nuestras vidas y a lo que jamás atendemos. Ahora Iris podía ver lo que todos podemos ver todos los días, y así se sentía la niña más feliz de la Tierra.

Un día de tormenta apareció Fáder, un viejo de ojos tristes que nunca pudo tener hijos, y que decidió convertirse en un malvado buscador de gafas mágicas. "Si la vida no me ha dado una familia", decía muy triste, "me convertiré en un ser inmortal y tendré toda la eternidad para ser un padre".
- Las gafas - pidió Fáder, extendiendo su mano implacable.
Iris se las dio sin rechistar, porque en su corazón solo había cosas buenas, y perdió automáticamente la vista.
- Ahora sé que es negro - dijo.
- ¿Qué es negro? - preguntó Fáder.
- Todo lo que veo. Antes no sabía qué color era.
Fáder detuvo su alma perdida. Sus ojos tristes le hablaron, y Fáder entendió que aquellas mágicas y poderosas gafas tenían que brillar con Iris.
- Ten.
Fáder puso las gafas en la mano de Iris, mientras cogía fuerte su otra mano y empezaba a caminar.
- Te enseñaré el mundo.

Iris recuperó el sentido de la vista para siempre y, mientras vivió, el viejo Fáder fue el hombre más poderoso que jamás existió, porque no hay nada en el mundo más mágico y poderoso que compartir la mirada de una niña.

Guille


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