En nuestra casa de locos cuerdos se leen dos tipos de cuentos antes de dormir. Los escritos en papel, bien encuadernados, y que tienen su propia habitación en la biblioteca. Y los improvisados, torpemente encuadernados por nuestras cabezas, y que, desde hoy, tienen su propia habitación en este blog. Un blog de cuentos infantiles para personas mayores. Este blog recoge los cuentos inventados, e improvisados, de Guille y Marta para Ariadna y Julieta.
jueves, 2 de febrero de 2017
El ascensor
Kike llega del colegio y saluda al portero de su casa. Está un poco cansado y entra rápido en el ascensor para no tener que darle mucha conversación, aunque le sabe mal porque es un tipo majo. Clic, le da al botón del decimotercero. Las puertas se cierran y el ascensor empieza a bajar. Espera, ¿a bajar??? Kike no entiende nada. ¡Pero si el ascensor estaba en la planta baja! ¡No hay más pisos! Por un momento, cree que está dormido y se toma un respiro para despertarse. Pero Kike no se despierta. Mira al espejo, preguntándose a sí mismo algo que no puede responderse. Pues sí que estamos bien. En la botonera del ascensor sigue pulsado, en rojo brillante, el botón del decimotercero. Pero el ascensor sigue bajando. Cuando mira por la ventana solo ve una pared oscura y gris. El móvil está sin cobertura. ¿Y el botón de emergencias? Vale, no funciona por culpa del estúpido vecino de abajo. ¿La gente no puede ser educada y respetuosa? Por un momento cree que el ascensor se va a detener, pero no es así. ¿Grito? Lo prueba, al principio con la voz muy pequeña, como un puente lejano. Kike, se anima, o igual se desespera y, ahora sí, grita con todas sus fuerzas. “¡¡¡¡Socorr!”” Antes de la última “o”, el ascensor se detiene. Uau. Silencio. ¿Alguien me ha oído? ¿Lo pregunto? Vale, lo pregunto, ¿Hol? Pero antes de la “a”, el ascensor empieza a subir. Kike se vuelve a mirar al espejo. Se le escapa la risa. Una risa rara, un poco histérica, una risa que no ha sido nunca la suya, hasta ahora, supongo. La bajada le pareció eterna, pero ha subido muy rápido, porque ha visto pasar la planta baja, y el 1 de la botonera se pone rojo, intermitente, como avisándole de que pronto llegaría el 2. El 2 grita, en silencio, y se pone muy rojo para avisar de que llega el 3, y así hasta llegar al decimotercero. El ascensor se detiene, y Kike no sabe qué hacer. ¿Ya está? ¿No más sorpresas? Abre la puerta con cuidado, pasa al otro lado, y la cierra con cuidado, despacio, estudiando con la mirada cada rincón del ascensor. Vale, puerta cerrada, no entiendo nada. Saca la llave de la mochila, entra en casa. Deja la mochila en el suelo y se sienta en el banco del recibidor.” Espera”, piensa. “Yo no tengo ascensor. Ni tampoco hay portero. Vivo en una casa de una sola planta.” Kike da un salto para ponerse en pie. Mira a su alrededor asustado. Está en casa, su casa, la de verdad, la de siempre. “Hola Kike”, aparece su madre con el delantal. Huele a bizcocho. Está preparando un pastel. Su madre tiene las manos manchadas de chocolate y sostiene dos velas, un 1 y un 3, rojos, grandes. Como los botones de aquel ascensor.
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