viernes, 11 de mayo de 2018

Cuento de Halloween

Vida salió a pasear sola. Estaba pasando la tarde con los amigos, pero sintió que necesitaba un rato para estar sola. A veces se preguntaba si eso era algo que le pasaba a todos los niños, o solo le ocurría a ella porque se llamaba Vida, y estaba convencida de que un nombre como el suyo debía conllevar algún tipo de consecuencias.



Vida saltó el muro que separaba aquella casa rural de la calle, y puso rumbo al pueblo solitario y cercano que asomaba al otro lado del la curva. Las casas del camino eran muy grandes, pensó, y le sorprendió lo cuidadas y lo distintas que eran las unas de las otras. Su caminar constante y decidido se detuvo a la entrada del pueblo, donde una extraña casa abandonada parecía dar un inexplicable aviso de bienvenida. Apenas conservaba unas paredes de piedra antigua, y el espacio estaba enteramente ocupado por muebles antiguos y destrozados, objetos sin valor de todo tipo y una sensación desoladora e indescriptible. Discos, sillas, ropa raída, mesas sin patas, patas sin mesas, lámparas, maniquíes, un sofá, carretas, juguetes... Probablemente allí había un ejemplar de cualquier cosa del mundo, y sin embargo nadie querría llevarse nada de allí, pues todo parecía pertenecer a otro lugar en otro mundo.



Las calles desiertas y silenciosas que se adentraban en el pueblo le invitaron a continuar su paseo mientras trataba de encontrar alguna razón que explicara el estado lamentable de aquella casa abandonada en un pueblo tan sumamente bonito y cuidado. Sin encontrar nada ni nadie, ni personas ni respuestas, llegó a la plaza del pueblo, abierta ampliamente a un enorme parque en mitad de un bosque. Los horarios de las misas, en un vistoso cartel en la entrada de la iglesia, era lo único que conectaba aquel lugar desierto con el presente, pues las fechas estaban actualizadas. A Vida le hubiera gustado entrar en aquella iglesia, como le gustaba entrar en todos los templos. No creía en ningún Dios, pero probablemente era porque todavía no se había encontrado con ninguno, y creía que eso podía cambiar en cualquier momento, en cualquier lugar.



Vida rodeó la iglesia en busca de una puerta secundaria, pero se topó con la entrada humilde y discreta a un pequeño cementerio. Un gato salió, pensó ella, para decirle que ahora era su turno, cediendo amablemente su espacio y respetando la intimidad del encuentro que se iba a producir.



En seguida le sorprendió una fotografía de un niño en un modesto nicho en el que convivían tres hombres: el padre, la madre, y el hijo. Nacido en 1958, aquel niño murió el 25 de diciembre de 1967. Sus padres murieron muchos años después. ¿Cómo habría sido el resto de sus vidas tras perder a un hijo de 9 años un día de Navidad?



- Si quieres se lo preguntamos.

Aquella voz sonó extrañamente ronca.



-  Perdona - regresó la voz, - es que llevo mucho tiempo sin hablar,- Tosió.

- ¿Eres el niño de la foto? - preguntó Vida.

- El mismo. Podemos preguntar a mis padres lo que quieras.

- ¿Cómo sabes que quiero preguntar algo?

- Los muertos sabemos muchas cosas.

- ¿Dónde estás?



Vida pensaba que hablaba con un muerto invisible, pero el niño asomó la cabeza desde lo alto del ciprés.



- Eo, estoy aquí. ¡Aparta que salto!

- No lo hagas, ¡te vas a matar!

- ¡Ya estoy muerto!



El niño saltó y cayó como si se le hubieran roto todos los huesos, pero ¡se levantó como si tal cosa!

- ¿Cómo te llamas?

- Vida.

- ¡Anda!

- No puedo andar, estoy muerta de miedo.

- Decía “anda” como expresión de asombro, no pretendía que caminaras, prefiero que te quedes un rato conmigo. Y no estás muerta de miedo, ¡el único muerto soy yo!




******



Vida nunca llegó a preguntar de qué murió aquel extraño amigo. Probablemente ni siquiera tuvo tiempo de hacerlo. Estuvo varias horas charlando, jugando y riendo con él. Era maravilloso verle saltar y probar cosas imposibles. No temía nada, pues nada le podía pasar. Ahora, Vida estaba camino de casa, preguntándose si aquel extraño encuentro con un niño muerto de 9 años había sido real o una ficción más de su inagotable imaginación. Se preguntaba también si era verdaderamente importante saberlo, o si basta con creer en algo para que, simplemente, haya sucedido. Vida también quería saber si todo aquello había despejado sus dudas previas al misterioso encuentro.



¿Cómo habría sido la vida de los padres de aquel niño, tras perderlo para siempre un día de Navidad?



¿Qué sentido tenía aquella casa abandonada, llena de objetos incomprensibles, a la entrada de aquel precioso pueblo?



¿Qué y cómo iba a contar lo sucedido a sus amigos?



Agotada como estaba de tratar de embutir tantas preguntas y experiencias en una cabeza aún tan joven, concluyó en voz alta:



- Esto te pasa por llamarte Vida. Sabía que tendría consecuencias.

jueves, 26 de octubre de 2017

Ojalá

- Papá, ¿por qué somos los únicos que no tenemos banderas en la terraza, ni en el coche, ni en la mochila, ni…?
- Para, para… Somos muchos los que no queremos banderas.
- ¿Por qué?
- Porque las banderas sirven para identificar territorios y las personas que viven dentro de ellos, y nosotros preferimos pensar que somos todos iguales.
- ¿Y por qué no hay una bandera para los que piensan como vosotros?
- Tienes razón. ¿De qué colores será la bandera de los que no quieren banderas?
- ¡Azul y verde!

Pronto, millones de personas que no querían banderas colgaron en sus terrazas banderas azules y verdes, también en los coches, en las mochilas, y…

- Pero entonces, ahora también ellos tienen una bandera, y en realidad no querían banderas.
- Tienes razón.

Entonces, todos los propietarios de banderas azules y verdes juntaron sus banderas, las rasgaron, las reciclaron y las convirtieron en camisetas, pantalones, faldas y abrigos para todos aquellos niños del mundo que no tienen ropa.

- Por eso casi todos los niños del mundo van vestidos de azul y verde.
- ¿Es verdad eso, Papá?

martes, 4 de abril de 2017

Cuéntame un cuento

Se acomodó un poco. Tenía esa extraña costumbre de dejar una sola pierna cubierta por las sábanas, la otra desnuda, por encima de todo, desafiante. Era como estar entre dos mundos. Una parte de ella se resguardaba del frío y se entregaba feliz, dejándose llevar donde quisieran llevarle los sueños. Su otro lado se resistía, no se rendía nunca, siempre dispuesto a dar cuanto antes el siguiente paso para vivir una nueva aventura.
- ¿Me cuentas un cuento para dormir?
- Claro, - respondió él con falsa convicción.
Quería complacerla, con ilusión, pero sentía a la vez un respeto intimidante y cierto miedo a no estar a la altura. A su manera, también él vivía entre dos mundos. Ella cogió su mano, y él habló lo mejor que pudo. Ni siquiera hoy sabe muy bien lo que dijo. Solo recuerda que ella se durmió. Entonces sintió un escalofrío, cubrió a su madre con una manta, salió cuidadosamente y se marchó a jugar a su habitación.

jueves, 2 de febrero de 2017

El ascensor


Kike llega del colegio y saluda al portero de su casa. Está  un poco cansado y entra rápido en el ascensor para no tener que darle mucha conversación, aunque le sabe mal porque es un tipo majo. Clic, le da al botón del decimotercero. Las puertas se cierran y el ascensor empieza a bajar. Espera, ¿a bajar??? Kike no entiende nada. ¡Pero si el ascensor estaba en la planta baja! ¡No hay más pisos! Por un momento, cree que está dormido y se toma un respiro para despertarse. Pero Kike no se despierta. Mira al espejo, preguntándose a sí mismo algo que no puede responderse. Pues sí que estamos bien. En la botonera del ascensor sigue pulsado, en rojo brillante, el botón del decimotercero. Pero el ascensor sigue bajando. Cuando mira por la ventana solo ve una pared oscura y gris. El móvil está sin cobertura. ¿Y el botón de emergencias? Vale, no funciona por culpa del estúpido vecino de abajo. ¿La gente no puede ser educada y respetuosa? Por un momento cree que el ascensor se va a detener, pero no es así. ¿Grito? Lo prueba, al principio con la voz muy pequeña, como un puente lejano. Kike, se anima, o igual se desespera y, ahora sí, grita con todas sus fuerzas. “¡¡¡¡Socorr!”” Antes de la última “o”, el ascensor se detiene. Uau. Silencio. ¿Alguien me ha oído? ¿Lo pregunto? Vale, lo pregunto, ¿Hol? Pero antes de la “a”, el ascensor empieza a subir. Kike se vuelve a mirar al espejo.  Se le escapa la risa. Una risa rara, un poco histérica, una risa que no ha sido nunca la suya, hasta ahora, supongo. La bajada le pareció eterna, pero ha subido muy rápido, porque ha visto pasar la planta baja, y el 1 de la botonera se pone rojo, intermitente, como avisándole de que pronto llegaría el 2. El 2 grita, en silencio, y se pone muy rojo para avisar de que llega el 3, y así hasta llegar al decimotercero. El ascensor se detiene, y Kike no sabe qué hacer. ¿Ya está? ¿No más sorpresas? Abre la puerta con cuidado, pasa al otro lado, y la cierra con cuidado, despacio, estudiando con la mirada cada rincón del ascensor. Vale, puerta cerrada, no entiendo nada. Saca la llave de la mochila, entra en casa. Deja la mochila en el suelo y se sienta en el banco del recibidor.” Espera”, piensa. “Yo no tengo ascensor. Ni tampoco hay portero. Vivo en una casa de una sola planta.” Kike da un salto para ponerse en pie. Mira a su alrededor asustado. Está en casa, su casa, la de verdad, la de siempre. “Hola Kike”, aparece su madre con el delantal. Huele a bizcocho. Está preparando un pastel. Su madre tiene las manos manchadas de chocolate y sostiene dos velas, un 1 y un 3, rojos, grandes. Como los botones de aquel ascensor.

Estela

ESTELA

Estela no podía dormir. ¿Por qué? Porque no sabía por qué se iba a dormir. Estela siempre preguntaba por todas las cosas. ¿Por qué comemos? ¿Por qué respiramos? ¿Por qué la puerta se llama puerta? ¿Por qué me llamo Estela?

-          Por una amiga nuestra. La queríamos mucho y era muy especial, y dejó una huella en nosotros como la estela de un barco que surca los mares o el avión que cruza el cielo en una clara mañana de invierno - contestan sus padres.

-          ¿Y por qué me voy a dormir? – pregunta otra vez Estela, perfectamente arropada.

-          Hay muchas razones para ir a dormir - siguen los padres.  - La mayoría de las veces vamos a dormir porque necesitamos descansar, de lo contrario al día siguiente no tenemos  fuerzas, somos como un juguete sin pilas. A veces ir a dormir es una renuncia, un pequeño fracaso, porque quieres seguir despierto pero sabes que no debes hacerlo. Pero a algunas personas les encanta dormir. Para ellos, ir a dormir es el mejor momento del día porque al fin pueden hacer lo que más les gusta. Ir a dormir, en sus cabezas, es un gran éxito, y se acuestan felices. Si tienes un mal día, a veces vas a dormir para no estar despierto, y dejas que los sueños te lleven a otro lugar, y confías en que, simplemente, mañana será otro día.

-          ¿Por qué mañana será otro día?

-          Porque cada día es diferente. Es una frase hecha, significa que mañana tienes la oportunidad de empezar de cero, olvidar lo ocurrido, dejar el pasado atrás y…

-          Vale, vale – interrumpe Estela. Le interesaba más aquello de por qué vamos a dormir. - ¿Entonces vamos a dormir para soñar?

-          A veces. Depende de cada persona, y de cada día. Si tu día ha sido una pesadilla, ir a dormir es un descanso. Pasas el día soñando en que te irás a dormir y ese día se habrá acabado. Pero si tu día ha sido genial y se tiene que acabar, ir a dormir es una pesadilla. Algunos se van a dormir por seguir una rutina, porque necesitan que todo esté ordenado en su cabeza. Otros van a dormir con la esperanza de que su cabeza les lleve a un lugar al que no pueden ir despiertos.

-          ¿Cómo?

-          Algunas ideas solo se te ocurren cuando estás dormido. Es algo que pasa con cierta frecuencia. También hay gente que se va a dormir porque se muere de ganas de que llegue el día siguiente, no pueden esperar más, y se duermen para no impacientarse más. Algunas parejas se van a dormir para abrazarse y sentir que su día ha estado muy bien porque lo han vivido juntos. Hay gente que se va a dormir para sentirse fuerte al día siguiente, pero también te puedes ir a dormir para no sentirte débil mañana. Y la mayoría de la gente se va a dormir sin pensar por qué se va a dormir – dicen los padres, mirándose cómplices. – Venga, Estela, ¿por qué te vas a dormir tú?

Pero Estela ya se ha dormido.

-          No te preocupes – susurran sus padres al oído .- Tienes toda la vida para descubrirlo.

viernes, 19 de febrero de 2016

Las escaleras

No esperaba encontrar una escaleras allí mismo, pero no tenía nada más que hacer, así que empezó por el primer escalón, luego el segundo y, sin saber muy bien por qué, estaba subiendo aquellas extrañas escaleras. Tenía cinco años.

Al poco rato levantó la mirada. Las escaleras subían y subían, y no veía el final. Miró hacia atrás, y tampoco veía el suelo. Solo escalones, desnudos uno detrás de otro. Entonces empezó a sentirse hambriento. "¿Bajo para volver a casa, o sigo subiendo?". Decidió subir, y pronto le sorprendió el olor del bizcocho recién hecho. Un poco más arriba, encontró un pequeño rellano, una mesa, un pastel de fresas y nata y una taza de chocolate. Lo devoró en silencio y siguió subiendo escalones.

No llevaba reloj, y no sabía cuánto rato llevaba en aquel lugar, y empezó a sentirse cansado y solo. "Ojalá estuviera en casa". Pensó que estaba agotado para rehacer el camino de vuelta, de manera que siguió subiendo y, en un pequeño rellano, encontró una cama perfectamente hecha, y se tumbó a descansar.

Le despertaron los ruidos de arriba. Risas, carreras de pies descalzos, juegos, música, baile. Con fuerzas renovadas subió los escalones de dos en dos, luego de tres en tres. Unos niños mayores se divertían con todo tipo de juegos. En seguida se sumó a la fiesta y lo pasó en grande. Jugando al escondite lo vio. Torcido en una pared colgaba un viejo espejo. Miró. Tenía 8 años.

Extrañado, quiso huir, y siguió subiendo escalones. El sonido de las risas y juegos se volvió un eco lejano hasta que desapareció. Durante un rato solo escuchó el sonido de sus pasos, escalón tras escalón, hasta que tropezó con el sonido de una conversación ingenua y animada. Sonaba más arriba. Cuando llegó allí, encontró unos chicos mayores, sentados unos sobre otros, estirados en aquellas escaleras. Hablaron de chicas, mientras contemplaban sin prisas un gran reloj de pared, que no marcaba ninguna hora. Se acercó a mirar y vio su reflejo en el cristal. Tenía catorce años.

"Ya casi soy mayor", y siguió subiendo escaleras. Encontró rellanos con libros de todo tipo, matemática avanzada, estadística, leyes, psicología y biología. Leyó algunos e hizo algunos números. Tenía 20 años. Más arriba, le esperaba una chica con la piel transparente y los ojos verdes y grandes. Era su novia, y le acompañó en el camino. Unos pisos más arriba se casaron, y tras varios escalones escucharon las risas de un bebé. Pensaron el nombre mientras subían cogidos de la mano.

Subieron y subieron, y encontraron un rellano oscuro. Las escaleras continuaban y prometían más aventuras. Cogieron a su hija en brazos. Se miraron. Tenían 35 años. Al otro lado de la cortina había nubes, una encima de otra, en mitad de una noche plácida y silenciosa. "Estaremos bien". Y saltaron.

Bajaban a toda velocidad, abrazados y sonrientes. Su hija se soltó entre risas, y se convirtió en una estrella. Su mujer le besó dulcemente antes de deshacer su abrazo, y se convirtió en una estrella. Él bajaba estirado, mirando hacia arriba, alejándose de aquellas estrellas colgadas de la noche.

Cayó suavemente sobre el agua. Buceó y buscó despreocupadamente algo para jugar. Cuando se cansó se sentó en la orilla. Vio su reflejo. Tenía cinco años. Apenas unos pasos más allá empezaban aquellas escaleras, pero estaba agotado de tantas aventuras. "Ya está bien por hoy", pensó camino de casa. Era el momento de dormir y coger fuerzas para el día siguiente.
"Mañana las subiré".

lunes, 14 de septiembre de 2015

Dentro de un coco

- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, como si sirviera para contener el dolor, o para que se vaya, o quizá piensa que cuando abra los ojos el dolor habrá desaparecido, como cualquiera de aquellas pesadillas que le atosigan todas las noches y casi todos los días.
El problema es que el pequeño Petate ha cerrado los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio. El coco ha crecido un poco. Se le cae una lagrimilla por el otro ojo, que no duele tanto, pero Petute es buen niño y sus ojos se quieren mucho. Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué. Todos los ojos ya lloran por igual. El coco se va haciendo mayor.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!
Cuando llega a la cocina, el coco parece un rascacielos y Petute ya no sabe si grita porque llora, si llora porque duele o si duele porque grita.
- ¿Qué pasa? - pregunta su madre. ¿Qué haces con una pelota de tenis en la cabeza?
- No es una pelota, Mamá, es un coco gigante.
Por todos los Santos, piensa Mamá, ¿cómo se habrá hecho semejante coco? Petute intenta explicar, uno por uno, todos los golpetazos con los que ha estrenado esta mañana cualquiera, pero tiene una cosa enorme en la cabeza, y no le deja pensar en nada más. ¿Será el coco? No. Bueno, sí. La cuestión es:
- Mamá, ¿qué hay dentro de los cocos?
La pregunta le inquieta. De repente tiene una sandía incrustada sobre la ceja izquierda, y Petute quiere saber qué hay allí dentro.
- ¿Es una sandía? ¿Es solo aire? ¿Es un gremlin?

Mamá le explica que dentro de los cocos están todas las cosas que duelen. Como ir a la piscina cuando te da miedo nadar, o que te digan que no quieren jugar contigo. Si aprendes a vivir con todas esas cosas en tu cabeza, sin que te duelan, el coco desaparece.

Ese jueves, Petute va a la piscina sin miedo, como un campeón, y el coco baja unos cuantos escalones. Y cuando los maleducados de su clase le dicen que no quieren jugar con él, Petute hace otros amigos y tan pancho, y el coco ya no baja escalones, sino pisos enteros. Esa noche, Petute duerme del tirón. No sabe qué ha soñado, pero está seguro de que eran cosas buenas.

- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio.  Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!

Petute llega a la cocina sin llorar, y su madre se pone la bata blanca imaginaria de querer mucho.
- A ver, Petute, déjame ver cómo está este coco.

Pero no había ni rascacielos, ni sandías, ni siquiera una piedrecita en el camino.

- ¿Ves, Petute? Los cocos solo existen en tu cabeza... ¡Pero por dentro, no por fuera!

Petute abraza su madre, y nota un chichón en su cabeza.
- ¿Qué te ha pasado, Mamá?
- Esta noche he soñado que te hacías mayor y te marchabas.
- Qué tontería, Mamá. Yo ya soy mayor, y estoy aquí contigo.

Guille