Vida salió a pasear sola. Estaba pasando la tarde con los amigos, pero sintió que necesitaba un rato para estar sola. A veces se preguntaba si eso era algo que le pasaba a todos los niños, o solo le ocurría a ella porque se llamaba Vida, y estaba convencida de que un nombre como el suyo debía conllevar algún tipo de consecuencias.
Vida saltó el muro que separaba aquella casa rural de la calle, y puso rumbo al pueblo solitario y cercano que asomaba al otro lado del la curva. Las casas del camino eran muy grandes, pensó, y le sorprendió lo cuidadas y lo distintas que eran las unas de las otras. Su caminar constante y decidido se detuvo a la entrada del pueblo, donde una extraña casa abandonada parecía dar un inexplicable aviso de bienvenida. Apenas conservaba unas paredes de piedra antigua, y el espacio estaba enteramente ocupado por muebles antiguos y destrozados, objetos sin valor de todo tipo y una sensación desoladora e indescriptible. Discos, sillas, ropa raída, mesas sin patas, patas sin mesas, lámparas, maniquíes, un sofá, carretas, juguetes... Probablemente allí había un ejemplar de cualquier cosa del mundo, y sin embargo nadie querría llevarse nada de allí, pues todo parecía pertenecer a otro lugar en otro mundo.
Las calles desiertas y silenciosas que se adentraban en el pueblo le invitaron a continuar su paseo mientras trataba de encontrar alguna razón que explicara el estado lamentable de aquella casa abandonada en un pueblo tan sumamente bonito y cuidado. Sin encontrar nada ni nadie, ni personas ni respuestas, llegó a la plaza del pueblo, abierta ampliamente a un enorme parque en mitad de un bosque. Los horarios de las misas, en un vistoso cartel en la entrada de la iglesia, era lo único que conectaba aquel lugar desierto con el presente, pues las fechas estaban actualizadas. A Vida le hubiera gustado entrar en aquella iglesia, como le gustaba entrar en todos los templos. No creía en ningún Dios, pero probablemente era porque todavía no se había encontrado con ninguno, y creía que eso podía cambiar en cualquier momento, en cualquier lugar.
Vida rodeó la iglesia en busca de una puerta secundaria, pero se topó con la entrada humilde y discreta a un pequeño cementerio. Un gato salió, pensó ella, para decirle que ahora era su turno, cediendo amablemente su espacio y respetando la intimidad del encuentro que se iba a producir.
En seguida le sorprendió una fotografía de un niño en un modesto nicho en el que convivían tres hombres: el padre, la madre, y el hijo. Nacido en 1958, aquel niño murió el 25 de diciembre de 1967. Sus padres murieron muchos años después. ¿Cómo habría sido el resto de sus vidas tras perder a un hijo de 9 años un día de Navidad?
- Si quieres se lo preguntamos.
Aquella voz sonó extrañamente ronca.
- Perdona - regresó la voz, - es que llevo mucho tiempo sin hablar,- Tosió.
- ¿Eres el niño de la foto? - preguntó Vida.
- El mismo. Podemos preguntar a mis padres lo que quieras.
- ¿Cómo sabes que quiero preguntar algo?
- Los muertos sabemos muchas cosas.
- ¿Dónde estás?
Vida pensaba que hablaba con un muerto invisible, pero el niño asomó la cabeza desde lo alto del ciprés.
- Eo, estoy aquí. ¡Aparta que salto!
- No lo hagas, ¡te vas a matar!
- ¡Ya estoy muerto!
El niño saltó y cayó como si se le hubieran roto todos los huesos, pero ¡se levantó como si tal cosa!
- ¿Cómo te llamas?
- Vida.
- ¡Anda!
- No puedo andar, estoy muerta de miedo.
- Decía “anda” como expresión de asombro, no pretendía que caminaras, prefiero que te quedes un rato conmigo. Y no estás muerta de miedo, ¡el único muerto soy yo!
******
Vida nunca llegó a preguntar de qué murió aquel extraño amigo. Probablemente ni siquiera tuvo tiempo de hacerlo. Estuvo varias horas charlando, jugando y riendo con él. Era maravilloso verle saltar y probar cosas imposibles. No temía nada, pues nada le podía pasar. Ahora, Vida estaba camino de casa, preguntándose si aquel extraño encuentro con un niño muerto de 9 años había sido real o una ficción más de su inagotable imaginación. Se preguntaba también si era verdaderamente importante saberlo, o si basta con creer en algo para que, simplemente, haya sucedido. Vida también quería saber si todo aquello había despejado sus dudas previas al misterioso encuentro.
¿Cómo habría sido la vida de los padres de aquel niño, tras perderlo para siempre un día de Navidad?
¿Qué sentido tenía aquella casa abandonada, llena de objetos incomprensibles, a la entrada de aquel precioso pueblo?
¿Qué y cómo iba a contar lo sucedido a sus amigos?
Agotada como estaba de tratar de embutir tantas preguntas y experiencias en una cabeza aún tan joven, concluyó en voz alta:
- Esto te pasa por llamarte Vida. Sabía que tendría consecuencias.
Vida saltó el muro que separaba aquella casa rural de la calle, y puso rumbo al pueblo solitario y cercano que asomaba al otro lado del la curva. Las casas del camino eran muy grandes, pensó, y le sorprendió lo cuidadas y lo distintas que eran las unas de las otras. Su caminar constante y decidido se detuvo a la entrada del pueblo, donde una extraña casa abandonada parecía dar un inexplicable aviso de bienvenida. Apenas conservaba unas paredes de piedra antigua, y el espacio estaba enteramente ocupado por muebles antiguos y destrozados, objetos sin valor de todo tipo y una sensación desoladora e indescriptible. Discos, sillas, ropa raída, mesas sin patas, patas sin mesas, lámparas, maniquíes, un sofá, carretas, juguetes... Probablemente allí había un ejemplar de cualquier cosa del mundo, y sin embargo nadie querría llevarse nada de allí, pues todo parecía pertenecer a otro lugar en otro mundo.
Las calles desiertas y silenciosas que se adentraban en el pueblo le invitaron a continuar su paseo mientras trataba de encontrar alguna razón que explicara el estado lamentable de aquella casa abandonada en un pueblo tan sumamente bonito y cuidado. Sin encontrar nada ni nadie, ni personas ni respuestas, llegó a la plaza del pueblo, abierta ampliamente a un enorme parque en mitad de un bosque. Los horarios de las misas, en un vistoso cartel en la entrada de la iglesia, era lo único que conectaba aquel lugar desierto con el presente, pues las fechas estaban actualizadas. A Vida le hubiera gustado entrar en aquella iglesia, como le gustaba entrar en todos los templos. No creía en ningún Dios, pero probablemente era porque todavía no se había encontrado con ninguno, y creía que eso podía cambiar en cualquier momento, en cualquier lugar.
Vida rodeó la iglesia en busca de una puerta secundaria, pero se topó con la entrada humilde y discreta a un pequeño cementerio. Un gato salió, pensó ella, para decirle que ahora era su turno, cediendo amablemente su espacio y respetando la intimidad del encuentro que se iba a producir.
En seguida le sorprendió una fotografía de un niño en un modesto nicho en el que convivían tres hombres: el padre, la madre, y el hijo. Nacido en 1958, aquel niño murió el 25 de diciembre de 1967. Sus padres murieron muchos años después. ¿Cómo habría sido el resto de sus vidas tras perder a un hijo de 9 años un día de Navidad?
- Si quieres se lo preguntamos.
Aquella voz sonó extrañamente ronca.
- Perdona - regresó la voz, - es que llevo mucho tiempo sin hablar,- Tosió.
- ¿Eres el niño de la foto? - preguntó Vida.
- El mismo. Podemos preguntar a mis padres lo que quieras.
- ¿Cómo sabes que quiero preguntar algo?
- Los muertos sabemos muchas cosas.
- ¿Dónde estás?
Vida pensaba que hablaba con un muerto invisible, pero el niño asomó la cabeza desde lo alto del ciprés.
- Eo, estoy aquí. ¡Aparta que salto!
- No lo hagas, ¡te vas a matar!
- ¡Ya estoy muerto!
El niño saltó y cayó como si se le hubieran roto todos los huesos, pero ¡se levantó como si tal cosa!
- ¿Cómo te llamas?
- Vida.
- ¡Anda!
- No puedo andar, estoy muerta de miedo.
- Decía “anda” como expresión de asombro, no pretendía que caminaras, prefiero que te quedes un rato conmigo. Y no estás muerta de miedo, ¡el único muerto soy yo!
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Vida nunca llegó a preguntar de qué murió aquel extraño amigo. Probablemente ni siquiera tuvo tiempo de hacerlo. Estuvo varias horas charlando, jugando y riendo con él. Era maravilloso verle saltar y probar cosas imposibles. No temía nada, pues nada le podía pasar. Ahora, Vida estaba camino de casa, preguntándose si aquel extraño encuentro con un niño muerto de 9 años había sido real o una ficción más de su inagotable imaginación. Se preguntaba también si era verdaderamente importante saberlo, o si basta con creer en algo para que, simplemente, haya sucedido. Vida también quería saber si todo aquello había despejado sus dudas previas al misterioso encuentro.
¿Cómo habría sido la vida de los padres de aquel niño, tras perderlo para siempre un día de Navidad?
¿Qué sentido tenía aquella casa abandonada, llena de objetos incomprensibles, a la entrada de aquel precioso pueblo?
¿Qué y cómo iba a contar lo sucedido a sus amigos?
Agotada como estaba de tratar de embutir tantas preguntas y experiencias en una cabeza aún tan joven, concluyó en voz alta:
- Esto te pasa por llamarte Vida. Sabía que tendría consecuencias.