- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, como si sirviera para contener el dolor, o para que se vaya, o quizá piensa que cuando abra los ojos el dolor habrá desaparecido, como cualquiera de aquellas pesadillas que le atosigan todas las noches y casi todos los días.
El problema es que el pequeño Petate ha cerrado los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio. El coco ha crecido un poco. Se le cae una lagrimilla por el otro ojo, que no duele tanto, pero Petute es buen niño y sus ojos se quieren mucho. Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué. Todos los ojos ya lloran por igual. El coco se va haciendo mayor.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!
Cuando llega a la cocina, el coco parece un rascacielos y Petute ya no sabe si grita porque llora, si llora porque duele o si duele porque grita.
- ¿Qué pasa? - pregunta su madre. ¿Qué haces con una pelota de tenis en la cabeza?
- No es una pelota, Mamá, es un coco gigante.
Por todos los Santos, piensa Mamá, ¿cómo se habrá hecho semejante coco? Petute intenta explicar, uno por uno, todos los golpetazos con los que ha estrenado esta mañana cualquiera, pero tiene una cosa enorme en la cabeza, y no le deja pensar en nada más. ¿Será el coco? No. Bueno, sí. La cuestión es:
- Mamá, ¿qué hay dentro de los cocos?
La pregunta le inquieta. De repente tiene una sandía incrustada sobre la ceja izquierda, y Petute quiere saber qué hay allí dentro.
- ¿Es una sandía? ¿Es solo aire? ¿Es un gremlin?
Mamá le explica que dentro de los cocos están todas las cosas que duelen. Como ir a la piscina cuando te da miedo nadar, o que te digan que no quieren jugar contigo. Si aprendes a vivir con todas esas cosas en tu cabeza, sin que te duelan, el coco desaparece.
Ese jueves, Petute va a la piscina sin miedo, como un campeón, y el coco baja unos cuantos escalones. Y cuando los maleducados de su clase le dicen que no quieren jugar con él, Petute hace otros amigos y tan pancho, y el coco ya no baja escalones, sino pisos enteros. Esa noche, Petute duerme del tirón. No sabe qué ha soñado, pero está seguro de que eran cosas buenas.
- ¡Plas!
Toma ya, vaya coco se acaba de dar Petute al levantarse. Se ha comido el borde del escritorio, ahí, encima de la ceja izquierda. Petute cierra los ojos, pero no ha dejado de caminar, y
- ¡Patapam!
Por favor, qué mala suerte, en el mismo sitio. Ha tropezado con la zapatilla y se ha estampado contra la puerta. Un coco de campeonato, piensa, "igual me darían una medalla",
- ¡Escatapunfata!
Dios, uno más, esta vez con la ventana, no sabe muy bien por qué.
- ¡Ratúscata!
- ¡Calamíspala!
Petute llega a la cocina sin llorar, y su madre se pone la bata blanca imaginaria de querer mucho.
- A ver, Petute, déjame ver cómo está este coco.
Pero no había ni rascacielos, ni sandías, ni siquiera una piedrecita en el camino.
- ¿Ves, Petute? Los cocos solo existen en tu cabeza... ¡Pero por dentro, no por fuera!
Petute abraza su madre, y nota un chichón en su cabeza.
- ¿Qué te ha pasado, Mamá?
- Esta noche he soñado que te hacías mayor y te marchabas.
- Qué tontería, Mamá. Yo ya soy mayor, y estoy aquí contigo.
Guille
En nuestra casa de locos cuerdos se leen dos tipos de cuentos antes de dormir. Los escritos en papel, bien encuadernados, y que tienen su propia habitación en la biblioteca. Y los improvisados, torpemente encuadernados por nuestras cabezas, y que, desde hoy, tienen su propia habitación en este blog. Un blog de cuentos infantiles para personas mayores. Este blog recoge los cuentos inventados, e improvisados, de Guille y Marta para Ariadna y Julieta.
lunes, 14 de septiembre de 2015
viernes, 11 de septiembre de 2015
Las gafas mágicas
Siempre fueron mágicas. Nadie sabe quién las inventó, ni cuándo, ni cómo llegaron hasta este cuento. Pero eran mágicas de verdad, de verdad de la buena. Quien se ponía las gafas podía pedir un deseo, y solo uno. Durante generaciones, las gafas mágicas concedían todo tipo de deseos: ser invisible, volar, ser cantante o bailarín. ¿Tú qué pedirías? Puedes pedir lo que quieras, pero solo una cosa. Cuando te las pones, las gafas brillan como solo ellas pueden hacerlo. Un brillo seco, que cambia de color y que se escucha algunas tardes de viento, de manera que era relativamente fácil localizarlas.
Las gafas mágicas eran el objeto más valioso de todos los tiempos. Los peores malvados de cada rincón del planeta trataron de hacerse con ellas para convertir en realidad sus oscuras tentaciones. También las mejores personas, para hacer del mundo un lugar mejor.
Un día, el malvado Ego se hizo con ellas. Solo se preocupaba de sí mismo, se puso las gafas y pidió que nadie le encontrara nunca. Las gafas dejaron de brillar, y todos los vientos del mundo se apagaron de repente y se quedaron dormidos en las sombras del primer árbol que encontraron por el camino. Ego estaba feliz, seguro de que las gafas serían suyas para siempre. Pero pronto se dio cuenta de su error: solo se podía pedir un deseo, y lo gastó para que nadie lo encontrara nunca. ¡Eso no sirve de nada! No podía ser invisible, ni volar, ni ser cantante ni bailarín. ¡Las gafas ya no le servían! Entonces tuvo media idea: partiría las gafas mágicas en dos mitades, y tendría dos monóculos mágicos. Genial, así podría pedir otro deseo.
Ego partió cuidadosamente las gafas en dos mitades exactas. Pidió un nuevo deseo, que no se cumplió. Ni el siguiente, ni los trescientoquince posteriores. Ahora tenía unas gafas rotas, que no cumplían sus deseos ni cumplirían los de nadie más. Se acercó al pueblo más cercano y las vendió a un mercader, que cruzó el mundo buscando a alguien que devolviera la magia a aquellas gafas rotas. No lo consiguieron ni mecánicos, ni oculistas, ni magos. Ni siquiera los mentirosos pudieron decir que aquellas gafas eran mágicas otra vez, y terminaron en un contendedor en el último rincón del planeta.
Y precisamente allí, en el último rincón del planeta, sola y olvidada, vivía Iris, una niña huérfana y ciega de nacimiento. Como no tuvo la fortuna de contar con el sentido de la vista, Iris desarrolló el resto de los sentidos, especialmente el sentido del tacto. Allí, donde nadie quiso ir nunca, Iris encontró las gafas rotas y, como no tenía nadie ni nada para jugar, se entretuvo con aquél extraño objeto. Y entonces sucedió. Cuando Iris, descuidadamente, se puso las gafas, sus ojos empezaron a ver. No hizo falta que formulara el deseo, porque jamás había deseado otra cosa. Las gafas habían recuperado su magia y brillaban como nunca lo habían hecho antes. Los vientos despertaron, y llegaron a oídos de buscadores de tesoros y comerciantes, mientras Iris descubría, con una fascinación inexplicable, todo aquello que forma parte de nuestras vidas y a lo que jamás atendemos. Ahora Iris podía ver lo que todos podemos ver todos los días, y así se sentía la niña más feliz de la Tierra.
Un día de tormenta apareció Fáder, un viejo de ojos tristes que nunca pudo tener hijos, y que decidió convertirse en un malvado buscador de gafas mágicas. "Si la vida no me ha dado una familia", decía muy triste, "me convertiré en un ser inmortal y tendré toda la eternidad para ser un padre".
- Las gafas - pidió Fáder, extendiendo su mano implacable.
Iris se las dio sin rechistar, porque en su corazón solo había cosas buenas, y perdió automáticamente la vista.
- Ahora sé que es negro - dijo.
- ¿Qué es negro? - preguntó Fáder.
- Todo lo que veo. Antes no sabía qué color era.
Fáder detuvo su alma perdida. Sus ojos tristes le hablaron, y Fáder entendió que aquellas mágicas y poderosas gafas tenían que brillar con Iris.
- Ten.
Fáder puso las gafas en la mano de Iris, mientras cogía fuerte su otra mano y empezaba a caminar.
- Te enseñaré el mundo.
Iris recuperó el sentido de la vista para siempre y, mientras vivió, el viejo Fáder fue el hombre más poderoso que jamás existió, porque no hay nada en el mundo más mágico y poderoso que compartir la mirada de una niña.
Guille
Las gafas mágicas eran el objeto más valioso de todos los tiempos. Los peores malvados de cada rincón del planeta trataron de hacerse con ellas para convertir en realidad sus oscuras tentaciones. También las mejores personas, para hacer del mundo un lugar mejor.
Un día, el malvado Ego se hizo con ellas. Solo se preocupaba de sí mismo, se puso las gafas y pidió que nadie le encontrara nunca. Las gafas dejaron de brillar, y todos los vientos del mundo se apagaron de repente y se quedaron dormidos en las sombras del primer árbol que encontraron por el camino. Ego estaba feliz, seguro de que las gafas serían suyas para siempre. Pero pronto se dio cuenta de su error: solo se podía pedir un deseo, y lo gastó para que nadie lo encontrara nunca. ¡Eso no sirve de nada! No podía ser invisible, ni volar, ni ser cantante ni bailarín. ¡Las gafas ya no le servían! Entonces tuvo media idea: partiría las gafas mágicas en dos mitades, y tendría dos monóculos mágicos. Genial, así podría pedir otro deseo.
Ego partió cuidadosamente las gafas en dos mitades exactas. Pidió un nuevo deseo, que no se cumplió. Ni el siguiente, ni los trescientoquince posteriores. Ahora tenía unas gafas rotas, que no cumplían sus deseos ni cumplirían los de nadie más. Se acercó al pueblo más cercano y las vendió a un mercader, que cruzó el mundo buscando a alguien que devolviera la magia a aquellas gafas rotas. No lo consiguieron ni mecánicos, ni oculistas, ni magos. Ni siquiera los mentirosos pudieron decir que aquellas gafas eran mágicas otra vez, y terminaron en un contendedor en el último rincón del planeta.
Y precisamente allí, en el último rincón del planeta, sola y olvidada, vivía Iris, una niña huérfana y ciega de nacimiento. Como no tuvo la fortuna de contar con el sentido de la vista, Iris desarrolló el resto de los sentidos, especialmente el sentido del tacto. Allí, donde nadie quiso ir nunca, Iris encontró las gafas rotas y, como no tenía nadie ni nada para jugar, se entretuvo con aquél extraño objeto. Y entonces sucedió. Cuando Iris, descuidadamente, se puso las gafas, sus ojos empezaron a ver. No hizo falta que formulara el deseo, porque jamás había deseado otra cosa. Las gafas habían recuperado su magia y brillaban como nunca lo habían hecho antes. Los vientos despertaron, y llegaron a oídos de buscadores de tesoros y comerciantes, mientras Iris descubría, con una fascinación inexplicable, todo aquello que forma parte de nuestras vidas y a lo que jamás atendemos. Ahora Iris podía ver lo que todos podemos ver todos los días, y así se sentía la niña más feliz de la Tierra.
Un día de tormenta apareció Fáder, un viejo de ojos tristes que nunca pudo tener hijos, y que decidió convertirse en un malvado buscador de gafas mágicas. "Si la vida no me ha dado una familia", decía muy triste, "me convertiré en un ser inmortal y tendré toda la eternidad para ser un padre".
- Las gafas - pidió Fáder, extendiendo su mano implacable.
Iris se las dio sin rechistar, porque en su corazón solo había cosas buenas, y perdió automáticamente la vista.
- Ahora sé que es negro - dijo.
- ¿Qué es negro? - preguntó Fáder.
- Todo lo que veo. Antes no sabía qué color era.
Fáder detuvo su alma perdida. Sus ojos tristes le hablaron, y Fáder entendió que aquellas mágicas y poderosas gafas tenían que brillar con Iris.
- Ten.
Fáder puso las gafas en la mano de Iris, mientras cogía fuerte su otra mano y empezaba a caminar.
- Te enseñaré el mundo.
Iris recuperó el sentido de la vista para siempre y, mientras vivió, el viejo Fáder fue el hombre más poderoso que jamás existió, porque no hay nada en el mundo más mágico y poderoso que compartir la mirada de una niña.
Guille
sábado, 4 de julio de 2015
Los años que NO tengo (Guille)
Te Le es chino. Tiene 30 años y todo lo que ha hecho en su vida es ver la televisión.
Ve todos los canales, todos los programas, todos los días de su vida. Te Le sabe de memoria todo lo que ha oído en la televisión, y cree que sabe todo sobre el mundo, sobre las personas, los animales, los planetas, los niños. Te Le cree que lo sabe todo sobre todo.
Un día su casa se queda sin luz, y Te Le no puede ver la televisión. Mientras espera impaciente a que se solucione el problema, Te Le baja a la calle y se sienta ante la primera televisión que ve. Está en la terraza de un bar, y desde allí puede tomar algo rápido mientras sigue viendo la televisión.
A su lado, una niña de cuatro años merienda junto a su madre. Te Le no puede evitar escuchar la conversación:
- Mamá, ¿cuántos años tienes?
- Tengo 38 años, hija.
La niña queda entonces pensativa, y por un momento Te Le disfruta de su silencio mientras ve el televisor. Entonces, la niña vuelve a preguntar:
- Mamá, ¿cuántos años NO tienes?
De repente, Te Le deja de ver la televisión. Está mirando el aparato, pero no puede verlo. La mente se le queda en blanco. Nunca había escuchado una pregunta parecida. Se concentra y trata de buscar una respuesta. Piensa en todos los programas de televisión que ha visto, todas las cosas que conoce, pero no consigue una respuesta. "¿Cuántos años NO tengo?", se pregunta. El corazón se le acelera y Te Le empieza a sudar. ¿Será posible que no sepa la respuesta a una pregunta de una niña de cuatro años?
Te Le no puede seguir sentado allí, escuchando la conversación de aquella niña. Vuelve a casa y comprueba aliviado que la luz funciona, y busca desesperadamente en todos los canales de televisión una respuesta a aquella pregunta. No la encuentra de ninguna manera. Te Le está triste, de repente se da cuenta de que no lo sabe todo sobre todas las cosas, y decide salir de casa en busca de la respuesta a aquella pregunta inocente.
Te Le empieza a caminar por las calles de su ciudad, preguntando a la gente cuántos años no tienen. Nadie sabe responder, así que sale de la ciudad y llega al campo. Pregunta a los campesinos cuántos años no tienen, pero no lo saben. Los agricultores tampoco pueden responder. Te Le llega al mar, pregunta a todos los marineros y pescadores. Como no saben la respuesta, decide viajar con ellos y cruzar el océano para seguir buscando al otro lado del mundo.
Así, buscando desesperadamente la respuesta, Te Le da la vuelta a la Tierra. Visita el corazón de África y salta con los masais con una lanza y un león; en el último rincón de Nueva Zelanda baila el Haka con los hombres más fuertes del mundo; en los bosques de Canadá descubre la camioneta abandonada de un chico que dejó todo lo que tenía para vivir allí siempre; al cruzar el temible Cabo de Hornos le ponen un aro en una oreja; come helados de sandía en Italia, mejillones con patatas en Brujas, le pican los mosquitos en la selva mejicana, busca la respuesta desde lo alto de los rascacielos de Nueva York o subido a un elefante en la India.
Pero nadie sabe responder la pregunta, y Te Le vuelve a casa tremendamente agotado. Nada más sentarse en el sofá, enciende la televisión, porque es lo que siempre ha hecho durante sus 30 años de vida. Te Le cambia todos los canales, pasa de una a otro rápidamente, y se da cuenta de que no le apetece ver ninguno. Nunca le había ocurrido eso. Te Le ya no quiere ver la tele. Piensa que preferiría volver a caminar por las calles congeladas de Moscú o a preguntar a los delfines de Zanzíbar. Harto de la televisión, Te Le coge la tele y decide dejarla en plena calle. "Alguien se la llevará, yo no quiero verla nunca más", piensa.
Caminando de vuelta a casa, encuentra a aquella niña de cuatro años sentada en aquella terraza, junta a su madre. Te Le se sienta a su lado.
- ¡¡Yo sé cuántos años No tengo!!! - le dice Te le a la niña.
- ¿Cómo te llamas? - pregunta alegremente la niña.
- Me llamo Te Le.
- ¿ Y cuántos años No tienes, Te Le?
- Tengo 30 años, pero NO tengo 30 años, porque he perdido mis 30 años viendo la tele, de manera que esos son los años que no tengo.
- Muy bien, Te Le - la niña le dibuja un corazón en una servilleta de papel, como premio improvisado e irrechazable. Y continúa: - ¿Y cómo NO te llamas?
Pero esta vez, Te Le sabe perfectamente la respuesta. Ha estado en todos los países del mundo, y ha conocido a personas maravillosas con nombres divertidísimos.
- Pues verás - empieza Te Le - no me llamo Ariel, que es un artista de Buenos Aires que puede hacerte reír o llorar solo con un dibujo; ni me llamo Anka, que es un chico australiano que surfea entre tiburones; ni me llamo Mattia, que es un italiano que puede bajar cualquier montaña del mundo esquiando de espaldas...
Te Le y aquella niña se hacen grandes amigos. Al día siguiente se reúnen en la terraza, y Te Le sigue contando sus aventuras, y viene una amiga de la niña a escuchar, y luego una prima, después toda la clase, y finalmente el barrio entero está escuchando las aventuras de Te Le, que ahora mismo está en un escenario de un teatro en otra ciudad lejana, explicando historias casi imposibles de creer, animando a los niños de todo el mundo a formular preguntas imposibles que quizá, en algún rincón lejano del planeta, podrá responder algún día.
Guille
Ve todos los canales, todos los programas, todos los días de su vida. Te Le sabe de memoria todo lo que ha oído en la televisión, y cree que sabe todo sobre el mundo, sobre las personas, los animales, los planetas, los niños. Te Le cree que lo sabe todo sobre todo.
Un día su casa se queda sin luz, y Te Le no puede ver la televisión. Mientras espera impaciente a que se solucione el problema, Te Le baja a la calle y se sienta ante la primera televisión que ve. Está en la terraza de un bar, y desde allí puede tomar algo rápido mientras sigue viendo la televisión.
A su lado, una niña de cuatro años merienda junto a su madre. Te Le no puede evitar escuchar la conversación:
- Mamá, ¿cuántos años tienes?
- Tengo 38 años, hija.
La niña queda entonces pensativa, y por un momento Te Le disfruta de su silencio mientras ve el televisor. Entonces, la niña vuelve a preguntar:
- Mamá, ¿cuántos años NO tienes?
De repente, Te Le deja de ver la televisión. Está mirando el aparato, pero no puede verlo. La mente se le queda en blanco. Nunca había escuchado una pregunta parecida. Se concentra y trata de buscar una respuesta. Piensa en todos los programas de televisión que ha visto, todas las cosas que conoce, pero no consigue una respuesta. "¿Cuántos años NO tengo?", se pregunta. El corazón se le acelera y Te Le empieza a sudar. ¿Será posible que no sepa la respuesta a una pregunta de una niña de cuatro años?
Te Le no puede seguir sentado allí, escuchando la conversación de aquella niña. Vuelve a casa y comprueba aliviado que la luz funciona, y busca desesperadamente en todos los canales de televisión una respuesta a aquella pregunta. No la encuentra de ninguna manera. Te Le está triste, de repente se da cuenta de que no lo sabe todo sobre todas las cosas, y decide salir de casa en busca de la respuesta a aquella pregunta inocente.
Te Le empieza a caminar por las calles de su ciudad, preguntando a la gente cuántos años no tienen. Nadie sabe responder, así que sale de la ciudad y llega al campo. Pregunta a los campesinos cuántos años no tienen, pero no lo saben. Los agricultores tampoco pueden responder. Te Le llega al mar, pregunta a todos los marineros y pescadores. Como no saben la respuesta, decide viajar con ellos y cruzar el océano para seguir buscando al otro lado del mundo.
Así, buscando desesperadamente la respuesta, Te Le da la vuelta a la Tierra. Visita el corazón de África y salta con los masais con una lanza y un león; en el último rincón de Nueva Zelanda baila el Haka con los hombres más fuertes del mundo; en los bosques de Canadá descubre la camioneta abandonada de un chico que dejó todo lo que tenía para vivir allí siempre; al cruzar el temible Cabo de Hornos le ponen un aro en una oreja; come helados de sandía en Italia, mejillones con patatas en Brujas, le pican los mosquitos en la selva mejicana, busca la respuesta desde lo alto de los rascacielos de Nueva York o subido a un elefante en la India.
Pero nadie sabe responder la pregunta, y Te Le vuelve a casa tremendamente agotado. Nada más sentarse en el sofá, enciende la televisión, porque es lo que siempre ha hecho durante sus 30 años de vida. Te Le cambia todos los canales, pasa de una a otro rápidamente, y se da cuenta de que no le apetece ver ninguno. Nunca le había ocurrido eso. Te Le ya no quiere ver la tele. Piensa que preferiría volver a caminar por las calles congeladas de Moscú o a preguntar a los delfines de Zanzíbar. Harto de la televisión, Te Le coge la tele y decide dejarla en plena calle. "Alguien se la llevará, yo no quiero verla nunca más", piensa.
Caminando de vuelta a casa, encuentra a aquella niña de cuatro años sentada en aquella terraza, junta a su madre. Te Le se sienta a su lado.
- ¡¡Yo sé cuántos años No tengo!!! - le dice Te le a la niña.
- ¿Cómo te llamas? - pregunta alegremente la niña.
- Me llamo Te Le.
- ¿ Y cuántos años No tienes, Te Le?
- Tengo 30 años, pero NO tengo 30 años, porque he perdido mis 30 años viendo la tele, de manera que esos son los años que no tengo.
- Muy bien, Te Le - la niña le dibuja un corazón en una servilleta de papel, como premio improvisado e irrechazable. Y continúa: - ¿Y cómo NO te llamas?
Pero esta vez, Te Le sabe perfectamente la respuesta. Ha estado en todos los países del mundo, y ha conocido a personas maravillosas con nombres divertidísimos.
- Pues verás - empieza Te Le - no me llamo Ariel, que es un artista de Buenos Aires que puede hacerte reír o llorar solo con un dibujo; ni me llamo Anka, que es un chico australiano que surfea entre tiburones; ni me llamo Mattia, que es un italiano que puede bajar cualquier montaña del mundo esquiando de espaldas...
Te Le y aquella niña se hacen grandes amigos. Al día siguiente se reúnen en la terraza, y Te Le sigue contando sus aventuras, y viene una amiga de la niña a escuchar, y luego una prima, después toda la clase, y finalmente el barrio entero está escuchando las aventuras de Te Le, que ahora mismo está en un escenario de un teatro en otra ciudad lejana, explicando historias casi imposibles de creer, animando a los niños de todo el mundo a formular preguntas imposibles que quizá, en algún rincón lejano del planeta, podrá responder algún día.
Guille
jueves, 11 de junio de 2015
El cuento más apasionante y maravilloso que viviremos jamás (Guille)
- Papá, cuéntame el cuento mágico.
Cada noche, Julio le pedía a su padre que le contara el mismo cuento para dormir. Julio, así se llamaba también el padre, estaba harto de contar siempre el mismo cuento. Ya no era mágico para él. Le aburría hasta decir basta.
Cada noche, Julio le pedía a su padre que le contara el mismo cuento para dormir. Julio, así se llamaba también el padre, estaba harto de contar siempre el mismo cuento. Ya no era mágico para él. Le aburría hasta decir basta.
- ¿Por qué no contamos uno nuevo?
- ¡No, Papá! ¡ El cuento mágico!
Y así, aquella noche, Julio padre empezó a contar el mismo
cuento de siempre, pero antes de terminar el "Érase una vez", Julio
padre se quedó profundamente dormido.
- ¡Papá, el cuento! - suplicó Julio hijo.
Pero era inútil. Julio padre tenía un sueño profundo y
sobrenatural, y empezó a roncar con una violencia sobrecogedora. Julio hijo no
lo podía creer. Quería su cuento para dormir, de manera que cogió el cuento
mágico y lo abrió por la primera página. En realidad, él ya sabía leer, pero
que tu padre te cuente una historia por la noche te hace sentir especial, y eso
Julio hijo lo sabía perfectamente bien.
Julio hijo quiso empezar a leer, pero su padre soltó otro
ronquido, tan gigantesco que cambió de sitio las letras del cuento. Julio hijo
creyó que estaba soñando. Se pellizcó para despertarse, pero no pudo, porque no
estaba dormido. Entonces pellizcó a su padre, pero no se despertó, y volvió a
soltar un ronquido, y las letras del cuento volvieron a desordenarse, y a
formar otras palabras, y empezaron a contar un cuento nuevo y fascinante. Julio
hijo empezó a leerlo con avidez, pero entonces su padre empezó a despertarse.
Julio hijo tenía miedo de que las letras del cuento volvieran a su sitio, y
cerró los ojos para no mirar. Entonces, Julio padre, creyendo que su hijo
estaba dormido, le besó en la frente, dejó el cuento sobre la mesa de noche y
se retiró a su habitación.
El día siguiente se hizo eterno para Julio hijo. No podía
esperar más la llegada de la noche. Aún no había oscurecido, cuando Julio hijo
ya estaba bañado, cenado y acostado, y suplicaba:
- ¡¡Papá, el cuento mágico!!
Julio padre no advirtió que las letras habían cambiado de
lugar, porque antes de terminar "Érase una vez", volvía a estar
profundamente dormido, y a roncar como si juntáramos a todos los leones de la
sabana, y las letras empezaron a moverse y a continuar reescribiendo aquella
historia apasionante, que Julio hijo devoraba impaciente.
Y así ocurrió durante 6 noches más, hasta que los ronquidos
movieron la última palabra, que cerraba aquel cuento fantástico.
A la noche siguiente, Julio padre empezó a bostezar antes de
preguntar:
- ¿Te leo el cuento mágico, Julio?
- No, papá. Hoy te lo leeré yo a ti.
A Julio padre le pareció una novedad interesante y guardó
los bostezos en el bolsillo del pijama.
Julio hijo abrió el mismo cuento de siempre, y empezó a
leer. Julio padre pronto se dio cuenta de que se trataba de algo totalmente
diferente. Extrañado, le pidió el libro a su hijo para comprobar si le
estaba gastando una broma. Pero no era así. Efectivamente, las palabras habían
cambiado de sitio, y su hijo leía la historia de otro niño, que también se
llamaba Julio, que un día creció y tuvo un hijo maravilloso, al que también
llamó Julio.
"Y así, una noche, Julio padre supo que aquel cuento
que leía su hijo, era la historia de su vida", terminó de leer Julio hijo.
Julio padre cogió el libro, tembloroso y emocionado. Repasó
las páginas con cuidado, como la madre que acaricia a su bebé recién nacido.
Sorprendido, comprobó que había innumerables capítulos en blanco al final del
libro. Cada vez que pasaba una página en blanco, aparecía una nueva. Y a medida
que hablaba, todo cuanto decía quedaba escrito en aquellas páginas.
- ¿Qué está pasando, Papá? - preguntó Julio hijo. - ¿Qué
cuento se está escribiendo en estas páginas mágicas?
El padre cerró el libro, apagó la luz, besó la frente de su
hijo y contestó:
- El cuento más apasionante y maravilloso que viviremos
jamás.
Guille
martes, 2 de junio de 2015
El país de las cosas imposibles (Guille)
A todos aquellos niños y niñas especialmente sensibles, (es decir, todos), y que acusan especialmente los comentarios de sus amigos del cole.
**************
- Papá, es que Fulanita me ha dicho esto, y me ha molestado mucho.
- No le hagas caso, Micaela, quizá tenía un mal día...No has de permitir que estas cosas te hagan daño.
- ¿Cómo no lo voy a permitir? ¡Eso es IMPOSIBLE!
Aquella misma noche hicieron la maleta.
- ¡Nos vamos de viaje, Micaela!
- ¿A dónde vamos?
- Al país de las cosas imposibles.
Se llevaron una maleta vacía, una sonrisa que no cabía en el avión y unos cuantos nervios desordenados en un bolsillo: nunca habían estado en el país de las cosas imposibles.
Nada más bajar del avión, encontraron un cartel gigante, más grande de lo que posiblemente pueda imaginar ninguno de vosotros. Decía:
"EN ESTE PAÍS ESTÁ TOTALMENTE PROHIBIDO HACER LAS COSAS POSIBLES. SOLO ESTÁ PERMITIDO HACER COSAS IMPOSIBLES".
El cartel era tan grande que tardaron muchos parpadeos en leerlo. Cuando terminaron, cogieron la maleta para buscar un taxi, pero apareció un agente de seguridad, imposiblemente agradable, vestido con ropa de chocolate y una simpática nariz de payaso que cambiaba de color cada vez que abría la boca.
- Disculpen, no está permitido arrastrar la maleta. Permítanme - se disculpó, mientras levantaba la maleta a un metro del suelo. - La maleta les llevará a ustedes.
La familia entera se subió en la maleta, y empezaron a volar rumbo al Hotel Miramar. Todos esperaban unas fantásticas vistas del mar desde alguna planta elevada, pero su habitación tenía algo todavía mejor: verían el mar, ¡pero desde dentro! El hotel estaba imposiblemente construido en unas algas gigantes. Las habitaciones acristaladas tenían todo el océano por delante, en el que peces invisibles ofrecían espectáculos divertidísimos, que solo podías ver con aquellas gafas de coral de frutas, que podías comer cuando querías. Las algas gigantes oscilaban cada vez que los caballitos de mar gigantes correteaban por el lugar. Entonces, las habitaciones del hotel se volvían locas y se intercambiaban entre sí, y descubrías algo totalmente nuevo e imposible al otro lado de la ventana.
- Oye, pero no hemos venido a quedarnos en el hotel, ¿verdad?
De manera que toda la familia salió de paseo. Vieron museos invertidos, donde el turista que se quedaba quieto se convertía en protagonista. Entonces todos le hacían fotos, le pedían autógrafos y le preguntaban asombrados de dónde venía y si allí existían las cosas imposibles.
Conocieron el único restaurante del país, donde no había que hacer cola, porque los platos se llenaban de comida con solo imaginarla.
Visitaron parques donde solo se podía caminar a la pata coja, y todos chocaban y se caían y se partían de la risa, y el que aguantaba mucho rato se convertía en flamenco y podía volar al parque de al lado, donde los columpios estaban encadenados a las nubes, y eso sí que era columpiarse muy pero que muy alto.
También vieron monumentos adhesivos, en los que cada uno pegaba una cosa que se le pasaba por la cabeza, y el monumento crecía eternamente; y jugaron al deporte nacional, que consistía en que nadie perdiera nunca, y vivieron un día absolutamente imposible y maravilloso.
Pasaron la noche en el Hotel Miraluna, porque cuando oscurecía, la Luna iluminaba las aguas del mar y las olas convertían las luces en pequeños satélites revoltosos, que de vez en cuando chocaban con la ventana, y entonces dejaban un sueño pegado al cristal, que te podías llevar al día siguiente para soñarlo cuando quisieras.
Al día siguiente volvieron a casa, con la maleta vacía pero llena de cosas invisibles.
Cuando Micaela explicó sus aventuras en el cole, todos le dijeron:
- Venga ya, Micaela, ESO ES IMPOSIBLE.
Pero a Micaela aquel comentario no le importó nada en absoluto, y empezaron a jugar todos juntos hasta que se terminara la hora del patio.
Guille
**************
- Papá, es que Fulanita me ha dicho esto, y me ha molestado mucho.
- No le hagas caso, Micaela, quizá tenía un mal día...No has de permitir que estas cosas te hagan daño.
- ¿Cómo no lo voy a permitir? ¡Eso es IMPOSIBLE!
Aquella misma noche hicieron la maleta.
- ¡Nos vamos de viaje, Micaela!
- ¿A dónde vamos?
- Al país de las cosas imposibles.
Se llevaron una maleta vacía, una sonrisa que no cabía en el avión y unos cuantos nervios desordenados en un bolsillo: nunca habían estado en el país de las cosas imposibles.
Nada más bajar del avión, encontraron un cartel gigante, más grande de lo que posiblemente pueda imaginar ninguno de vosotros. Decía:
"EN ESTE PAÍS ESTÁ TOTALMENTE PROHIBIDO HACER LAS COSAS POSIBLES. SOLO ESTÁ PERMITIDO HACER COSAS IMPOSIBLES".
El cartel era tan grande que tardaron muchos parpadeos en leerlo. Cuando terminaron, cogieron la maleta para buscar un taxi, pero apareció un agente de seguridad, imposiblemente agradable, vestido con ropa de chocolate y una simpática nariz de payaso que cambiaba de color cada vez que abría la boca.
- Disculpen, no está permitido arrastrar la maleta. Permítanme - se disculpó, mientras levantaba la maleta a un metro del suelo. - La maleta les llevará a ustedes.
La familia entera se subió en la maleta, y empezaron a volar rumbo al Hotel Miramar. Todos esperaban unas fantásticas vistas del mar desde alguna planta elevada, pero su habitación tenía algo todavía mejor: verían el mar, ¡pero desde dentro! El hotel estaba imposiblemente construido en unas algas gigantes. Las habitaciones acristaladas tenían todo el océano por delante, en el que peces invisibles ofrecían espectáculos divertidísimos, que solo podías ver con aquellas gafas de coral de frutas, que podías comer cuando querías. Las algas gigantes oscilaban cada vez que los caballitos de mar gigantes correteaban por el lugar. Entonces, las habitaciones del hotel se volvían locas y se intercambiaban entre sí, y descubrías algo totalmente nuevo e imposible al otro lado de la ventana.
- Oye, pero no hemos venido a quedarnos en el hotel, ¿verdad?
De manera que toda la familia salió de paseo. Vieron museos invertidos, donde el turista que se quedaba quieto se convertía en protagonista. Entonces todos le hacían fotos, le pedían autógrafos y le preguntaban asombrados de dónde venía y si allí existían las cosas imposibles.
Conocieron el único restaurante del país, donde no había que hacer cola, porque los platos se llenaban de comida con solo imaginarla.
Visitaron parques donde solo se podía caminar a la pata coja, y todos chocaban y se caían y se partían de la risa, y el que aguantaba mucho rato se convertía en flamenco y podía volar al parque de al lado, donde los columpios estaban encadenados a las nubes, y eso sí que era columpiarse muy pero que muy alto.
También vieron monumentos adhesivos, en los que cada uno pegaba una cosa que se le pasaba por la cabeza, y el monumento crecía eternamente; y jugaron al deporte nacional, que consistía en que nadie perdiera nunca, y vivieron un día absolutamente imposible y maravilloso.
Pasaron la noche en el Hotel Miraluna, porque cuando oscurecía, la Luna iluminaba las aguas del mar y las olas convertían las luces en pequeños satélites revoltosos, que de vez en cuando chocaban con la ventana, y entonces dejaban un sueño pegado al cristal, que te podías llevar al día siguiente para soñarlo cuando quisieras.
Al día siguiente volvieron a casa, con la maleta vacía pero llena de cosas invisibles.
Cuando Micaela explicó sus aventuras en el cole, todos le dijeron:
- Venga ya, Micaela, ESO ES IMPOSIBLE.
Pero a Micaela aquel comentario no le importó nada en absoluto, y empezaron a jugar todos juntos hasta que se terminara la hora del patio.
Guille
viernes, 22 de mayo de 2015
Laro, el astronauta del Sol (Guille)
- Papá, ¿me cuentas un cuento inventado?
- Claro, hija. ¿De qué lo quieres?
- Mmmmmm... de un astronauta.
- ¿Y cómo se llama el astronauta?
- Laro.
*********
Laro lo tenía claro: quería ser el primer astronauta en viajar al Sol.
- Eso es imposible, hijo mío. No se puede viajar al Sol - le decían sus padres. - Está demasiado lejos, y hace demasiado calor. ¿Por qué no vas a la Luna?
Pero Laro sabía que los humanos ya habían llegado a la Luna, y él quería llegar más lejos que nadie: quería viajar al Sol.
Así que, sin prisa pero sin pausa, empezó a construir una nave especial-espacial. Espacial para viajar por el espacio, pero especial porque ninguna nave había sido hasta entonces capaz de llevar a nadie al Sol.
Entre los libros de su biblioteca no encontró ningún manual de naves espaciales-especiales. "¿Cómo puedo hacer una nave especial de verdad?", pensó. Y en seguida tuvo la mejor idea de todos los tiempos: juntar todas las cosas especiales en su vida.
Unos cuantos libros grandes y usados serían las paredes de la nave. Los dispuso con cuidado, en vertical para que se acercaran más al cielo, semiabiertos para sostener el peso de sus sueños. Su manta preferida sería el techo. Aquellas piedras pequeñas del parque que siempre se escondían en sus bambas, serían los controles de mando; las conchas de la playa que recogió el verano pasado, y que se aburrían en una caja olvidada y oscura, serían los motores voladores. Y de repente, un día cualquiera, estaba preparado para viajar al Sol.
- Papá, mamá: me voy al Sol - dijo una mañana.
Cerró la puerta de su habitación, y un ruido ensordecedor abrió la ventana y arrasó los tímpanos de todos los habitantes de aquella ciudad, mientras una luz mágica y cegadora, como la de mil estrellas fugaces, salió de la habitación de Laro hacia el cielo.
Todos los habitantes de la ciudad corrieron a casa de Laro.
- ¿Qué ha pasado? ¿Finalmente Laro se ha ido al Sol?
- Claro que no - dijeron sus padres, - Laro está en su habitación.
Pero cuando abrieron la puerta de la habitación de su hijo, solo encontraron una ventana abierta.
"Habrá ido a jugar con los amigos", pensaron.
Pero fueron pasando las horas del día, y Laro no aparecía.
El Sol fue viajando rutinariamente por el cielo, al principio azul, luego rosado, finalmente casi negro. Y sin noticias de Laro. Los padres estaban muy preocupados, pero justo cuando la Luna empezaba a asomar en la otra cara del cielo, un ruido ensordecedor abrió la ventana de Laro, y una luz mágica y cegadora recorrió la ciudad hasta llegar a su casa.
- ¡Laro! ¡Has vuelto! ¿Dónde estabas? - gritaron emocionados sus padres.
- ¡¡He ido al Sol!!
Laro estaba emocionadísimo, y no podía para de contar aventuras increíbles. Les mostró su piel morena y tostada, les contó las bolas de fuego que lanzó a las estrellas, mientras le salía humo por las orejas, y se rió mucho cuando recordó el trompazo que se pegó con el trineo volcánico mientras bajaba...
Antes de terminar la frase, Laro se dio cuenta de que tenía una sed terrible. Nunca jamás había sentido tanta sed.
- Mamá, tengo sed .
Pero no tuvo respuesta.
- Mamá, tengo sed. ¡Mamá, tengo sed! ¡¡Mamá, tengo seeed!!
Finalmente, su madre abrió la puerta de su habitación.
- ¿Qué pasa, Laro? ¿Quieres un poco de agua?
En cuanto bebió el primer sorbo, Laro se despertó y se dio cuenta de que todo había sido un sueño.
Su madre le dio un beso en la frente y cerró cuidadosamente la puerta. La luz de la Luna entraba traviesa entre las rendijas de aquella vieja persiana, iluminando un objeto extraño en mitad de su habitación. Era un cohete espacial-especial, construido con libros grandes y usados, con pequeñas piedras de su parque favorito y con conchas de la playa que recogió el verano pasado.
- Mañana iré al Sol - dijo Laro, mientras cerraba los ojos y se quedaba profundamente dormido.
******
- ¿Sabes de qué habla este cuento, Ari?
- ¿De qué?
- De que nunca hay que dejar de tener sueños.
- ¿Pues saber cuál es mi sueño? ¡Que me cuentes otro cuento!
Guille
miércoles, 20 de mayo de 2015
Hambre de dulce (Guille)
- ¡Mamá, tengo mucha hambre!
La niña se zampó la merienda antes de que aquel niño se cayera del tobogán.
- ¡Mamá, tengo mucha hambre!
Y dale. La cuestión es que ya no quedaba comida, y estaban en aquel parque tan chulo y tan lejos de todas las cosas.
- Hija, no tengo nada más, tendrás que esperar a que lleguemos a algún sitio.
- ¡Oh, por favor, no puedo más! - insistió la niña. - Pues me comeré la camiseta, - sentenció.
La camiseta en cuestión se asustó. Tenía una enorme fresa rechoncha, roja como el deseo y sonriente como un viernes por la tarde. Tenía los ojos saltones y graciosos, y unas manos torpes que sostenían alegremente un cartel que decía: "Soy muy dulce".
- No te puedes comer una camiseta, - dijo la madre.
- ¿Cómo que no? Mi mejor amiga dice que nada es imposible.
Y así, antes de que aquel niño se cayera del columpio, la niña se quitó la camiseta y la devoró con la mirada antes de empezar a tragársela con todas las consecuencias.
- ¡Esperaaaaaa! - interrumpió la fresa.
Saltó de la camiseta y gritó como si hubiera vivido siempre estampada en una pared blanca.
- ¿En serio estás pensando en comerme? ¿Te has vuelto loca? ¡Soy una camiseta! Y somos muy amigas, ¿sabes? Te acompañé al parque acuático, fuimos juntas en barca, hemos comido juntas helado de chocolate y...
Fue una bronca monumental y divertidísma.
- ¿Pero qué hacéis con la boca abierta?
La niña y la madre eran incapaces de pestañear, de cerrar la boca o de multiplicar 312 x 7.
- ¡Espabilad chicas! ¿Cuál es el problema? - insistió la fresa.
La madre jugó el papel de madre y tomó las riendas de la situación.
- Eres una fresa en una camiseta, esto no está pasando.
- ¡Pues yo no estaría tan segura! - La fresa tenía una voz de pito dulce.
Tras una breve conversación muy entretenida, pero que no cabe en la cama esta noche de miércoles, la fresa decidió ayudar a su amiga.
- ¿Tienes hambre? Pues no te preocupes, ¡yo soy muy dulce!
La fresa corrió donde estaban todos, y empezó a gritar como una loca. Al principio, todos abrieron mucho la boca, pero lentamente la fueron cerrando para sonreír, y después para reír, y finalmente para gritar "Viva la fresa", que no paraba de contar historias y mimar dulcemente todos los sueños imposibles.
- ¿Soy muy dulce? - gritopreguntó.
- Síiii - todos a la vez.
- ¡Pues ahora necesito un favor!
Y en un momento, reunió un trocito de merienda de todos sus nuevos amigos: plátano y sandía frescos y cortados a cuadraditos; galletas de la abuela con pellizcos de chocolate; zumos de colores imaginarios y frasquitos rosados de leche crecemás.
- ¿Estás contenta? - preguntó la fresa a su niña.
- Oh, fresa, ¡eres increíble!
- Pues no olvides que siempre seré amiga tuya, y que si somos dulces conseguiremos cosas imposibles.
Y, antes de que aquel niño se mojara los zapatos con el agua de la fuente, se volvió a meter en la camiseta.
Guille
La niña se zampó la merienda antes de que aquel niño se cayera del tobogán.
- ¡Mamá, tengo mucha hambre!
Y dale. La cuestión es que ya no quedaba comida, y estaban en aquel parque tan chulo y tan lejos de todas las cosas.
- Hija, no tengo nada más, tendrás que esperar a que lleguemos a algún sitio.
- ¡Oh, por favor, no puedo más! - insistió la niña. - Pues me comeré la camiseta, - sentenció.
La camiseta en cuestión se asustó. Tenía una enorme fresa rechoncha, roja como el deseo y sonriente como un viernes por la tarde. Tenía los ojos saltones y graciosos, y unas manos torpes que sostenían alegremente un cartel que decía: "Soy muy dulce".
- No te puedes comer una camiseta, - dijo la madre.
- ¿Cómo que no? Mi mejor amiga dice que nada es imposible.
Y así, antes de que aquel niño se cayera del columpio, la niña se quitó la camiseta y la devoró con la mirada antes de empezar a tragársela con todas las consecuencias.
- ¡Esperaaaaaa! - interrumpió la fresa.
Saltó de la camiseta y gritó como si hubiera vivido siempre estampada en una pared blanca.
- ¿En serio estás pensando en comerme? ¿Te has vuelto loca? ¡Soy una camiseta! Y somos muy amigas, ¿sabes? Te acompañé al parque acuático, fuimos juntas en barca, hemos comido juntas helado de chocolate y...
Fue una bronca monumental y divertidísma.
- ¿Pero qué hacéis con la boca abierta?
La niña y la madre eran incapaces de pestañear, de cerrar la boca o de multiplicar 312 x 7.
- ¡Espabilad chicas! ¿Cuál es el problema? - insistió la fresa.
La madre jugó el papel de madre y tomó las riendas de la situación.
- Eres una fresa en una camiseta, esto no está pasando.
- ¡Pues yo no estaría tan segura! - La fresa tenía una voz de pito dulce.
Tras una breve conversación muy entretenida, pero que no cabe en la cama esta noche de miércoles, la fresa decidió ayudar a su amiga.
- ¿Tienes hambre? Pues no te preocupes, ¡yo soy muy dulce!
La fresa corrió donde estaban todos, y empezó a gritar como una loca. Al principio, todos abrieron mucho la boca, pero lentamente la fueron cerrando para sonreír, y después para reír, y finalmente para gritar "Viva la fresa", que no paraba de contar historias y mimar dulcemente todos los sueños imposibles.
- ¿Soy muy dulce? - gritopreguntó.
- Síiii - todos a la vez.
- ¡Pues ahora necesito un favor!
Y en un momento, reunió un trocito de merienda de todos sus nuevos amigos: plátano y sandía frescos y cortados a cuadraditos; galletas de la abuela con pellizcos de chocolate; zumos de colores imaginarios y frasquitos rosados de leche crecemás.
- ¿Estás contenta? - preguntó la fresa a su niña.
- Oh, fresa, ¡eres increíble!
- Pues no olvides que siempre seré amiga tuya, y que si somos dulces conseguiremos cosas imposibles.
Y, antes de que aquel niño se mojara los zapatos con el agua de la fuente, se volvió a meter en la camiseta.
Guille
Ruizseñor en Martapino
En esta casa de locos bastante cuerdos somos 4: Ariadna y Julieta son las princesas. Marta y Guille son los demás. Marta vive en su planeta Marta, trepando por ramas lejanas y perdidas,caminos que empezaron en las raíces de los libros viejos y olvidados. Marta vive en un Martapino, especie de hoja perenne, o caduca, dependiendo de los sueños estacionales. Y Guille es un ruizseñor que, como tal, solo canta de vez en cuando. Nunca sabes dónde está, ni cuándo vendrá, ni cuándo se marchará. Pero siempre está ahí, escondido en algún Martapino.
En esta casa de locos bastante cuerdos se leen dos tipos de cuentos antes de dormir. Los cuentos escritos en papel, bien encuadernados, y que tienen su propia habitación en la biblioteca.
Y los cuentos imaginarios, totalmente improvisados, torpemente encuadernados por nuestras cabezas, y que, desde hoy, tienen su propia habitación en este blog.
Porque cada noche con vosotras, queridas Marta, Ariadna y Julieta, es un cuento inesperado, un sueño lejano y maravilloso, el final feliz antes de enredar las pestañas en busca de nuevas aventuras. Siempre juntos.
********
Este blog recoge los cuentos inventados, e improvisados, de Guille y Marta para Ariadna y Julieta.
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